miércoles, 15 de septiembre de 2010

LA CIUDADANÍA REVOLUCIONARIA


Castells Irene
Universitat autònoma de Barcelona

http://idt.uab.es/erytheis/texte-integral.php3?id_article=78&lang=es
La invención de la ciudadanía, como elemento constitutivo de la política moderna durante la Revolución francesa
El título de esta ponencia se refiere concretamente a la ciudadanía que implantó la Revolución francesa. Ciudadanía revolucionaria doblemente: por la novedad absoluta de su contenido y porque fue conseguida a través de una ruptura radical con el pasado, con el Absolutismo y con el Antiguo Régimen (Pérez Ledesma 2000).
Fueron los revolucionarios franceses quienes inventaron en Europa la figura del ciudadano moderno y plantearon el horizonte de los derechos que se debían alcanzar para la obtención de una plena ciudadanía: es decir, los derechos civiles (todos iguales ante la ley), los derechos políticos (el derecho de voto y el de la participación de los individuos en la política) y los derechos sociales, que implicaba una perspectiva de igualación en las condiciones materiales de la vida. El concepto moderno de «ciudadanía» vino a sustituir al «ideal de ciudadano» del mundo clásico más restrictivo y cambió enteramente las relaciones del individuo con la sociedad y el gobierno. La Revolución trajo consigo la construcción de la ciudadanía, en la medida en que el Estado concedió a los individuos que lo integraban el derecho al disfrute de las libertades fundamentales, reflejadas en un conjunto de reglas jurídicas y políticas que las avalaban. La nueva ciudadanía respondía a un modelo global e igualitario que se operó a través de la apropiación colectiva de la soberanía real. El derrocamiento del absolutismo produjo como resultado lógico la igualdad política de los individuos, la cual respondía además a un imperativo sociológico para acabar con el universo de los privilegiados. O sea, que, en el plano de los principios, la democracia se inscribe desde el inicio de la Revolución como condición esencial de la realización de una sociedad en libertad. Porque la ciudadanía no es ni más ni menos que eso: el ejercicio de la libertad en sociedad. En 1789 la figura del ciudadano estuvo en el centro de los acontecimientos y de las representaciones. En 1789 emerge una nueva cultura política de la ciudadanía. La igualdad política afirmada en 1789 es algo derivado del reconocimiento de la igualdad civil: es el surgimiento del individuo-ciudadano (Rosanvallon 1992). Hubo así una redefinición de la naturaleza del poder político a partir de las necesidades de este individuo que irrumpe en la vida política. Y a este individuo se le aplica el calificativo de ciudadano, es decir, miembro abstracto de la Nación, considerado en sí mismo, independientemente de toda determinación económica y social. Esto fue posible por la existencia de una profunda mutación en la percepción de la realidad social, en virtud de la cual el pueblo se apropiaba de la soberanía real en la medida en que quedaba identificado con la nación. Esta apropiación conllevaba esa nueva percepción de la división social donde la libertad y la igualdad otorgadas a todos, tenían como punto común los aclamados Derechos del Hombre. O sea, que la ciudadanía equivalía a la interacción de los derechos civiles y políticos derivada del principio de soberanía colectiva. Se hizo un doble trabajo de abstracción en el que a cada individuo correspondía una parcela de la potencia soberana, al tiempo que se superponía la esfera política con la esfera de lo civil. En ese sentido, los derechos políticos no procedían de una doctrina de la representación, sino de la idea de participación en la soberanía.
Aquí es donde se produjo la gran mutación. Al identificarse la soberanía con la nación, la idea de sufragio cesó de insertarse en una lógica representativa y el nuevo concepto de ciudadanía afectó al menos a tres niveles:
la ciudadanía legal: esto es el ciudadano igual ante la ley, en contraste con los antiguos privilegios locales o estamentales;
la ciudadanía política que contempla al ciudadano como miembro del cuerpo político y participante en los asuntos públicos, y
la ciudadanía nacional, es decir el ciudadano integrado en la Nación frente a su vinculación anterior a los cuerpos intermedios propios de una sociedad estamental.
En el segundo de estos niveles, el que se refiere a la participación política, la novedad tropezó con dificultades, ya que el planteamiento incluía algunas restricciones para el disfrute de los derechos políticos, consideradas como inaceptables, puesto que las normas electorales de la primera Constitución revolucionaria, la de 1791, violaban los principios de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, cuyo artículo primero afirmaba que los Hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Esto dio lugar a dos concepciones de la ciudadanía enfrentadas.
La primera de esas visiones procedía del mundo clásico, pero su influencia aún estaba presente en el siglo de las Luces, que reinterpretó la cultura política republicana de Grecia y Roma ya que, por ejemplo, en la democracia ateniense sólo los varones de origen conocido, padres de familia, guerreros y propietarios de trabajo podían disfrutar del derecho a gobernar y ser gobernados en el seno de la polis. El resto, las mujeres, los metecos y los esclavos estaban excluidos de la ciudadanía. Siglos después, en plena Ilustración, aún pervivían estas restricciones, tanto respecto a las mujeres como a los menos ricos, pues en la Asamblea Constituyente, muchos diputados apoyaron la concepción de ciudadano-propietario ya que consideraban que era él quien defendía mejor el desarrollo del progreso y de la verdadera libertad.
A esta definición se opusieron los diputados demócratas de la Asamblea Constituyente, mediante la denuncia del sistema censitario, el veto real, el mantenimiento de la esclavitud y la represión de que fue objeto el movimiento popular. Abogaron por el sufragio universal masculino y una ciudadanía abierta a cuantos habitaban el país. No defendieron ésta en términos de «nacionalidad», concepto extraño a la época, sino con el argumento del derecho que tienen todos los habitantes del territorio por el mero hecho de serlo. Simplemente, los extranjeros que residían en una localidad durante un año se convertían en ciudadanos si lo deseaban. Ello es una muestra más de que la adquisición de la nacionalidad para los extranjeros tiende a imponerse para todos como condiciones de ejercicio de la ciudadanía política[1].
La pregunta que debemos hacernos es cómo fue que estas dos concepciones de la ciudadanía que se confrontaron durante la elaboración de la Constitución de 1791, habían podido converger en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, que fue además el Código de la Teoría revolucionaria. Con ello entramos en el punto de las filiaciones teóricas de estas concepciones.
La explicación está en que hubo varias corrientes en la Ilustración pero todas ellas bebieron de la Teoría de los derechos naturales del hombre plasmada en la Declaración de 1789. El derecho natural precede al derecho positivo, es decir, legislado, y se basa en la afirmación de una naturaleza humana preexistente a la sociedad y cuya característica esencial es la libertad. El hombre esta hecho para vivir libre. La libertad es una propiedad del ser humano. Ser libre es no estar sometido al poder de nadie a condición de no someter a ningún hombre al propio poder. Esta reciprocidad es llamada igualdad en esta concepción. Y la libertad en sociedad consiste en obedecer a las leyes y no a los hombres, leyes en cuya elaboración se ha participado. Esta libertad en sociedad es la ciudadanía, que es por ello otra propiedad del ser humano. Estamos en pleno corazón de la teoría del derecho natural inspirada en gran parte en los escritos del teórico inglés John Locke, y que fue la cultura política común de la generación revolucionaria (Gauthier 1992).
Los revolucionarios franceses, que quisieron legislar no sólo para Francia o para Europa, sino para toda la humanidad, presentaron el orden político que fundaron como unas nuevas Tablas de la Ley, pero de una ley producto de la razón humana, que marcaba el inicio de una nueva era: la de los hombres y sus derechos. Las sucesivas Declaraciones de la Revolución reconocían estos Derechos, a los que debía estar subordinado el nuevo cuerpo político. En esta Teoría, la Declaración del Derecho natural tenía como función precisar el campo de la política, el lugar del debate público. Según la doctrina del derecho natural el ejercicio de los poderes es limitado por definición y está subordinado al primado del derecho natural declarado, cuya función es precisar los límites en que se ejercen los poderes del individuo, de la sociedad y del gobierno. Esto implicaba una convicción profunda de la necesidad de construir una nueva sociedad basada en los principios filosóficos de los derechos naturales, y no en la tradición y en la historia.
Los debates de los constituyentes durante 1789 se hicieron en el marco teórico de los derechos naturales y de la voluntad general de Rousseau, concepciones comunes a todos y de las que participaban tanto un Sieyès como un Robespierre. La democracia como horizonte se hallaba inscrita en la Declaración de 1789, y está en el origen del proceso revolucionario y del resorte mismo que puso en pie a los revolucionarios de 1789. Es decir: la lucha contra la tiranía y el despotismo, la lucha contra el poder arbitrario de un individuo y contra el sistema arbitrario de organización de los poderes públicos. Como ya he comentado, el primer resultado de esta lucha fue la erradicación de la soberanía del ámbito de lo divino y su desplazamiento al ámbito de la nación como voluntad general. A partir de entonces el orden social no podía fundarse en la fuerza sino en el derecho, el cual legitima el acto de asociación voluntaria entre los hombres, lo que dio lugar a la ciudadanía y al gobierno de la Nación. En consecuencia, la soberanía, propiedad exclusiva y colectiva del pueblo, es la única que puede fundamentar la legitimidad del gobierno. Quedaba así establecida la doctrina moderna del contrato social que define la legitimidad por oposición al despotismo y a la conquista.
Respecto al funcionamiento de los poderes gubernamentales, la teoría política de los derechos naturales se oponía frontalmente a la concentración de poderes propia del absolutismo, que impedía el ejercicio de la ciudadanía. Según aquélla lo fundamental es la separación de los poderes y la jerarquización y subordinación de todos ellos en una escala perfectamente definida: el poder ejecutivo se subordina totalmente al poder legislativo y éste queda limitado por el respeto de los principios de la Declaración de los derechos naturales, por lo que lo político queda subordinado a la ética del derecho declarado. Por eso se estableció desde 1789 el poder legislativo como poder supremo y durante toda la revolución encontramos una guerra abierta por parte del legislativo para controlar al ejecutivo. Y era lógico, puesto que en el siglo xviii existía una confusión de poderes en la persona del rey.
Por ello, el derecho al sufragio ya no se registra en una lógica representativa: los excluidos del sufragio no son excluidos de la nación: de ahí la fórmula ideada por Sieyès de ciudadanos activos (los que podían votar) y los que no. Los hombres de la Asamblea Constituyente creían además que el progreso de la civilización disminuiría la pobreza y permitiría universalizar la figura del ciudadano activo. No había por tanto en la filosofía de la primera Asamblea de la Revolución una actitud especialmente favorable al sufragio censitario, aunque lo impusieran. Pero pensaban sobre todo en una sociedad regulada por la igualdad política. Porque lo decisivo y radical de 1789 iba mucho más allá de lo burgués y apuntaba a la raíz del hombre por encima de las clases, lo que nos hace tener en cuenta que la Revolución francesa antes que nada fue una revolución política sobre bases filosóficas y todo lo demás le vino por añadidura como lógica derivación de un proceso llevado a cabo a trancas y barrancas en medio de enormes y violentas contradicciones. Porque con frecuencia, la vida política y social entró en contradicción con los principios declarados, de modo que a lo largo de 10 años de luchas políticas y sociales esta cultura política común de los revolucionarios se fue disociando y diluyendo. Pero la Declaración de 1789 quedó como texto fundacional que incluía en su seno las orientaciones fundamentales de la Revolución, el embrión de todas las transformaciones democráticas.
El ejercicio de la ciudadanía durante el proceso revolucionario: algunos de los problemas derivados de este ejercicio
La primera cuestión nos remite a las relaciones entre Representación y ciudadanía, pues el primer conflicto surgió ya respecto al tema de la participación ciudadana. Los diputados demócratas de la Constituyente defendieron que el monopolio de la ciudadanía no debía detentarlo el cuerpo legislativo, sino que había que contar con otras manifestaciones ciudadanas, expresadas en la enorme sociabilidad política creada entre la gente a través de los clubs y sociedades populares. Porque lo que hace singular a la Revolución francesa es que en el intento de transformación profunda y voluntaria de la sociedad participaron amplios sectores de la población y no sólo las élites ilustradas. Gentes del pueblo invadieron los nuevos marcos institucionales que la revolución ofreció: tanto a nivel institucional como en el municipal o en el social , permitiendo una amplia participación en la vida pública. Ello cambió la vida política y amplió la práctica democrática. Se iniciaba así el aprendizaje de la ciudadanía, porque desde 1789 la política en su acepción nueva no quedó limitada a las cuestiones de gobierno o a los simples enfrentamientos de grupos, sino que fue al encuentro de los individuos, de sus relaciones y de sus reuniones, convirtiéndose por primera vez en elemento esencial de la vida cotidiana de hombres y mujeres. La progresiva constitución de este nuevo espacio político democrático impedía el proyecto de normalización de la vida política deseados por los elementos moderados de la Asamblea Constituyente. Una nueva concepción de la ciudadanía entró en conflicto con estos diputados ajenos al espíritu democrático naciente, que legislaron en contra de estas sociedades políticas. De nuevo dos conceptos de ciudadanía se enfrentaron, esta vez en torno al tema de la representatividad: para los moderados, el monopolio de la ciudadanía lo detentaba el cuerpo legislativo, sin que debieran tener lugar otras manifestaciones ciudadanas.
En consecuencia atacaron como «fraccionales y parciales» a los clubes y sociedades democráticos que por el contrario eran apoyados por los diputados que se sentaban a la izquierda en las Asambleas, hasta que en 1792 la caída de la Monarquía borró del mapa político a los sectores revolucionarios moderados. Este hecho nos plantea un problema real que recorre toda la Revolución francesa: ¿Cómo representar la Voluntad General que recaía en la Nación? Este es el celebre problema de la representación, tema anti-rouseauniano, con el que la Asamblea Constituyente tuvo que enfrentarse. La representación como algo inherente al conjunto de los ciudadanos fue defendida no sólo por los diputados más radicales de la Constituyente sino también en el seno del movimiento patriótico y democrático. La argumentación la basaron en el marco teórico de los derechos naturales: aceptaban la representatividad a condición de que los representantes tuvieran el menor margen de independencia posible, para que el sistema no degenerase, como les había ocurrido a los ingleses. En caso de conflicto entre ciudadanos y gobernantes en el que se pusiera en juego la representatividad de éstos, era la «voluntad general del pueblo» la que debía juzgar el valor de las leyes. El problema era cómo hacerlo, porque el artículo 6 de la Declaración de 1789 decía que «la ley es la expresión de la voluntad general», con lo que resultaba difícil sostener que sólo los diputados podían conocerla y ejercerla. La tensión entre éstos y digamos la soberanía del pueblo evidenció, por un lado, la inconsecuencia de los moderados y la fuerza de la cultura política común, y por otra la dificultad con la que los dirigentes revolucionarios tuvieron que trabajar. Ello les llevó a enfrentarse a la opinión pública, tan importante en la Revolución francesa, al obstaculizar la deliberación democrática y relegando a la esfera privada la importante sociabilidad política creada y desarrollada desde 1789. Las críticas de los demócratas radicales logró que se les reconociera a estas asociaciones una existencia pública, pero no política. Quedaba claro por consiguiente que el monopolio de la ciudadanía recaía en los representantes, en el cuerpo legislativo, lo que invalidaba la mediación necesaria entre la sociedad civil y el espacio público. Ello implicaba, como denunció el movimiento jacobino, una clara disociación entre derechos naturales y derechos cívicos, disociación que fue claramente reivindicada después por los liberales franceses del siglo xix.
La posición, en cambio, de los demócratas radicales respecto al problema de la representación se fundamentaba fielmente en el universo filosófico del liberalismo político de la declaración de 1789, al que añadieron su propia experiencia revolucionaria que les hacia preconizar un liberalismo humanista inspirado en una concepción ética del mundo. No pretendían construir un Estado separado de la sociedad sino un gobierno civil responsable ante la sociedad. Pretendían resolver en la practica el problema planteado por Rousseau, de cómo hacer compatibles los derechos del individuo con una sociedad igualitaria. Con tal objetivo, en aquellos momentos del nacimiento de la democracia moderna, estos jacobinos se vieron sometidos a una permanente tensión que les ocasionaba su proyecto político y social. Se veían abocados en ocasiones a promover las verdades cívicas a expensas del individualismo, teniendo que buscar un equilibrio entre la democracia directa y representativa. Su razonamiento era el siguiente: si es verdad que el Estado está al servicio de la sociedad, es preciso que los representantes se sometan al control popular, para que no exista distancia política entre el cuerpo gobernante y el cuerpo gobernado. Es decir, propugnaban una identificación entre el gobierno y la sociedad mediante la creación de un espacio público democrático en el que la sociedad pudiera participar en la elaboración de las leyes. La dificultad de conciliar la voluntad general con las voluntades particulares en una sociedad todavía injusta y con hombres corrompidos y viciados por siglos de opresión era y resultó enorme. Lograron sin embargo crear instituciones civiles democráticas destinadas a dotar a cada individuo de cuantos medios económicos, sociales, políticos y culturales les fueran precisos para convertir a cada individuo en un ciudadano igual en derechos. En esto consistía para ellos la democracia (Castells 1995). Estos jacobinos, que se llamaban a sí mismos «Sociedad de amigos de la Constitución», creían en el individualismo, pero inserto en la reciprocidad. Consiguieron dar un contenido concreto a los derechos del Hombre proclamados en 1789 y 1793 (Gross 2000). Sensibles a los problemas de la modernización juzgaron posible establecer, frente a un sistema de valores emergente centrado sobre el interés y el enriquecimiento, una sociedad fundada sobre la equidad y la fraternidad.
La segunda cuestión relativa al ejercicio de la ciudadanía, remite a la caracterización de la cultura electoral francesa durante la Revolución (Gueniffrey 1993, Edelstein 2002). Es necesario detenerse en ello, ya que la práctica electoral está estrechamente ligada con el tema de la representación. Cultura electoral significa los valores comunes y la reglas implícitas de comportamiento político. No hay acuerdo en la historiografía sobre este tema, es decir, sobre qué papel jugó la revolución francesa en la cultura electoral moderna. François Furet afirma, por ejemplo, que los revolucionarios sostuvieron una concepción rouseauniana de la voluntad general unitaria considerando por tanto toda oposición como ilegítima (Furet 1980). De ahí que afirme él y su escuela que el pluralismo, la competición electoral y la política de intereses serían extraños a la cultura política revolucionaria. De ahí tambiénque consideren que la Revolución prefiguró los totalitarismos del siglo xx. La historiografía contraria a esta interpretación, ha tratado de demostrar que este argumento se basa en un gran anacronismo. Es cierto que el pluralismo es un elemento fundamental de la democracia moderna, pero era extraño a la cultura política del siglo xviii. En ese sentido, sí que es cierto que la Revolución no creó la democracia en el estricto terreno electoral, las elecciones no adquirieron la misma esencial función legitimadora del poder político, tal como lo entendemos en la actualidad. La preocupación fundamental de los revolucionarios consistía en acabar con las posiciones políticas de poder basadas en el derecho hereditario, los privilegios estamentales, la compras de funciones administrativas, etc, y sustituirlas por cargos que fuesen accesibles a todo el mundo. Y dado que veían en el principio electoral el símbolo de la soberanía popular y la consecuencia del dominio de la ley, sometieron a ésta la ocupación de casi todas las funciones públicas: desde los jueces hasta los empleados de los servicios públicos, pasando por los comisarios de policía, estableciendo períodos de mandato muy cortos. Incluso en la etapa del sufragio censitario, hasta 1792, tuvo acceso a las elecciones una parte considerablemente mayor de la población que en la Gran Bretaña de aquellos tiempos e incluso que en los Estados Unidos de América. Los límites de la democratización y participación en las elecciones del período revolucionario son límites conceptuales condicionados por la época. Que no se tuviera en cuenta a los criados y empleados dependientes de sus señores resultaba tan natural para la gran mayoría de los revolucionarios como la exclusión por principio de las mujeres y la condición impuesta de poseer una cierta propiedad, como indicativo de formación, independencia e interés por la cosa común.
A éstos impedimentos venían a añadirse otros obstáculos políticos de la democratización, en especial en la fase revolucionaria radical. Me refiero, por ejemplo, a que los Montagnards, alegando el estado de excepción de la República, no pusieran ni siquiera en práctica su propia Constitución de junio de 1793, que contenía las condiciones electorales más liberales de la época. Y a partir del otoño de 1793 se aplazaron en la práctica todas las elecciones durante dos años, de modo que la Convención y el Gobierno revolucionario solamente tuvieron legitimación democrática al comienzo de su actividad. La participación electoral, importante hasta 1791, fue escasa desde entonces, con algunas excepciones puntuales. Sin embargo, lo que más relativizó el efecto democratizador de las elecciones fue el propio procedimiento electoral, que tenía por finalidad evitar fenómenos colectivos, tanto de la vieja sociedad corporativa como de la «democracia de masas». Para quebrar las solidaridades estamentales y comunitarias, así como las dependencias del Antiguo Régimen, todas las leyes electorales tenían como objetivo el aislamiento del ciudadano individual con derecho a voto. Las elecciones no hay que imaginárselas como en la actualidad, ni los ciudadanos votaban individualmente en el momento que les venía bien a lo largo del día, sino que eran convocados por carteles al son del tambor y se les daba una cita al día siguiente en su circunscripción, donde eran llamados nominalmente y debía justificar su condición de ciudadano activo. Junto a este individualismo democrático extremo en las leyes electorales de la Revolución, coexistía al tiempo un miedo latente a que se celebrasen asambleas electorales «tumultuarias», que dieran lugar a la formación de nuevos vínculos entre electores de tipo partidista y a las elecciones inducidas por intereses.
Lo que caracterizó las elecciones revolucionarias fue la ausencia de partidos políticos, de campañas electorales así como el nulo papel de la prensa en las elecciones. Solicitar el sufragio estaba mal visto y hacer campaña electoral chocaba con el principio de la libertad de voto. Para hacer una verdadera opción personal el elector debía estar al margen de toda influencia externa. El origen de la cultura electoral de los revolucionarios franceses, tiene su origen en tradiciones de Antiguo Régimen, como en las elecciones municipales y en las de los gremios, además de en sus ideas filosóficas. Al mismo tiempo, el modelo de los ejemplos históricos que tenían ante ellos, como el de la República romana o el de la cercana Inglaterra, les mostraba la corrupción existente en las elecciones, ya que las divisiones políticas y los conflictos entre los partidos ingleses eran contrarios a la idea francesa de unidad. Ni la Montaña ni la Gironda fueron partidos políticos. La oposición a los partidos políticos fue unánime. La ciudadanía se practicaba no en los partidos políticos, inexistentes como digo, sino en el marco de las asambleas generales de los ciudadanos, a nivel de los municipios, o en las sociedades populares. En estos marcos, los franceses y las francesas, se instruían y debatían, y los hombres votaban las decisiones que concernían a la vida municipal, pero ninguna de estas instituciones jugaban el papel de partidos políticos. Sólo durante el Directorio se apuntaron algunas candidaturas electorales, abriéndose una vía al pluralismo. Pero la aceptación de candidaturas y la oficialización de los partidos políticos no se establecerían en Francia más que muy avanzado el siglo xix. Buscar el pluralismo en la Revolución francesa es un anacronismo, pues la unidad nacional era el ideal de Francia en el siglo xviii.
En cambio sí fue la Revolución un laboratorio permanente de aprendizaje de la ciudadanía y de activación de la práctica democrática unida a una educación cívico-política (Genty 1987). Los franceses, que habían tomado la palabra en la redacción de los cuadernos de quejas, mostraron su intención de no renunciar a ella y de seguir expresando públicamente sus opiniones, tanto en los lugares tradicionales como eran la taberna, la tienda, el taller o el mercado, como en los nuevos organismos creados durante la Revolución. La progresiva constitución de esta nueva sociabilidad política sentó las bases del desarrollo de un potente movimiento llamado «sans-culotte», el del pueblo urbano de París. Desde la caída de la Monarquía en agosto de 1792, los ciudadanos pasivos habían invadido las asambleas de los barrios, reuniéndose varias noches a la semana en sesión abierta, cuando querían, para decidir sobre asuntos locales o de la República.
Su búsqueda obsesiva de la unanimidad revolucionaria les llevó a la práctica de la democracia directa y a la insistencia en que todos los actos políticos debían realizarse en público, a fin de que el pueblo pudiera distinguir a sus amigos de sus enemigos. La demanda de democracia engendrada por una amplia participación colectiva en la vida pública, hizo proliferar las asambleas de base, lo que constituía una forma muy evolucionada de democracia, mal adaptada a su estado todavía embrionario. De ahí el carácter a menudo abusivo y caricatural de las reglas impuestas al juego democrático, lo que se manifestó en el conflicto entre democracia directa y representativa. La aplicación extrema de la democracia directa, basada en el control y revocabilidad de los gobernantes por los gobernados, llevó a la crítica del sistema representativo de separación de poderes y a la reivindicación de que toda ley debía ser sancionada por el pueblo, lo que implicaba un control sobre el poder legislativo (la Asamblea), sobre el ejecutivo (el rey y luego los ministros), pero también sobre lo militar, administrativo y judicial. Todo ello comenzó a ponerse en práctica a nivel de las instituciones desde 1792, y está en la base de la radicalización de la Revolución. En la organización y desarrollo de la perspectiva política de este movimiento popular urbano, hay que tener en cuenta el papel desempeñado por los cuadros políticos revolucionarios salidos de la corriente democrática ya existente en 1789, a la que antes me he referido, la que configuró Robespierre y un sector de los jacobinos, que fue concretando sus ideas políticas paralelamente al desarrollo de la revolución campesina y de este movimiento popular urbano. En todas las instancias donde actuaron fueron siempre minoritarios, pero lograron imponerse coyunturalmente por el ascendiente que tomaron sus ideas en la teorización de la democracia y de la ciudadanía durante el período más radical de la Revolución, en 1793-1794. Robespierre defendió el principio de una soberanía popular efectiva en el marco de una República democrática fundada sobre el derecho. Nunca concibió la democracia sin el pueblo: defendió la revocabilidad de los elegidos, el derecho de las asambleas de los municipios a elegir diputados, a controlarlos, y, se mantuvo siempre fiel al concepto de no obedecer a los hombres, sino a las leyes en las que el ciudadano había participado. Sus ideas quedaron parcialmente plasmadas en la Declaración de Derechos de 1793, que declaró el derecho a la asistencia, al trabajo, a la instrucción y a la insurrección, con lo que pasó a ser el programa futuro de los demócratas.
Por todo lo que acabo de explicar, podemos decir que la Revolución francesa había puesto en pie, a la altura de 1793-1794, los tres tipos de derechos que debe abarcar una ciudadanía amplia: derechos civiles, políticos y sociales. Sin embargo, había un gran déficit: aunque se había establecido el sufragio universal masculino, las mujeres no habían obtenido, a pesar de sus luchas, la ciudadanía (Reichardt 2002). Reclamaron no sólo la ciudadanía sino su pertenencia al género humano y participaron en todos los movimientos populares bajo todas sus formas. Invadieron el espacio público durante la Revolución, y aunque ellas aparecieron como islotes dentro de una República que las excluyó de la ciudadanía, la universalidad de las ideas revolucionarias que se afirmaron en las Declaraciones de Derechos abrió la puerta a un futuro igualitario, también para ellas.
La ciudadanía universal y la identidad nacional
La construcción de la ciudadanía durante la Revolución francesa estuvo íntimamente ligada a la construcción de la identidad nacional, una nación que ya existía, pero que se redefinió en un sentido nuevo y revolucionario por su capacidad de luchar por su libertad y de imponerse frente a sus enemigos. De hecho, la divisa revolucionaria de libertad, igualdad y fraternidad, coloca el tercer elemento como el necesario para la creación de un espacio nacional repensado sobre las bases de la fraternidad. Es evidente que en la generalización del sufragio a todos los franceses tuvo mucho que ver la guerra contra la Europa aristocrática, pues quienes tenían que tomar las armas para defender la patria debían disponer también del derecho a elegir a sus gobernantes. Por esta razón, tras la caída de la Montaña, la Constitución de 1795 siguió reconociendo la ciudadanía política a todos los contribuyentes y también a quienes aún sin pagar contribución alguna habían participado en alguna campaña militar a favor de la República. Por ello, cuando la Patria fue declarada en peligro el 11 de julio de 1792 los ciudadanos pasivos invadieron las secciones de los barrios. La guerra radicalizó las formas de implicación de los individuos en la nación: todo ciudadano tenía que ser soldado: la defensa de la patria prolongaba bajo la forma de un deber su pertenencia a una comunidad que se expresaba por el derecho de voto.
Si este auge patriótico contribuyó a extender el proceso de extensión de la ciudadanía desde 1792, la guerra no fue la causa fundamental. Como he indicado antes, estaba ya inscrito en el espíritu de 1789 la idea de sufragio universal. Es la concepción del individuo-ciudadano la que triunfa desde el principio de la Revolución, al menos en el terreno de las ideas y de la filosofía política de la misma. La identificación entre Revolución, Patria y Nación, dio una dimensión eminentemente afectiva a la ciudadanía. La nación se definía por la inclusión de todos los ciudadanos que abandonaban sus intereses particulares, sus múltiples identidades, para entrar en la cité. No las abandonaban por la fuerza de la ley, sino por un impulso de entusiasmo colectivo. La nación, la patria, sólo podía dividirse por intereses opuestos, ya que solo el interés común, la voluntad general, debía animarla. En el lenguaje de los revolucionarios «Todo reagrupamiento parcial del soberano, es decir del pueblo, amenazaba la unidad de la nación». Por eso la ley tenía que impedir que todas las trabas que venían del Antiguo Régimen, con sus intrigas y fidelidades particulares, se reprodujeran bajo cualquier forma. Esta voluntad general nacional no se formaba mediante la armonía de intereses o por la representación de identidades locales o profesionales, sino a través de la adhesión juramentada y armada del conjunto del pueblo que se «levanta» en un acto coral de fraternidad, prestando el juramento de renunciar a los intereses particulares considerados como ilegítimos. Esto significó una revolución patriótica y fraternal, que acompañaba a la revolución política, constitucional, racional y universalista fundada sobre la ley. Fueron sobre todo los jacobinos quienes contribuyeron a dotar de contenido un contrato social fundado en la renuncia voluntaria de los intereses, pertenencias y fidelidades, con el objetivo de una unión en el cuerpo unitario de la nación.
Sin embargo, esta redefinición de la nación, desde la existencia de la guerra a partir de 1792, da lugar de nuevo al enfrentamiento de dos concepciones diferentes de la misma: apareció el nacionalismo francés que llevó a cabo una guerra de conquista y preparó la aventura napoleónica. Al soldado francés se le hizo creer que era el encargado de propagar la revolución al resto de los pueblos europeos. Pero el soldado francés no se comportó por lo general ni como un ciudadano ni como un defensor de los derechos del hombre. El militar profesional fue tomando el relevo del ciudadano-soldado y la guerra de conquista se impuso al anteponer los intereses conquistadores de la Gran Nación al derecho de los otros pueblos. Esta cuestión dividió a los revolucionarios. Fue Robespierre, quien retomó la proclamación de los Constituyentes en 1790 sobre los principios de derecho cívico y del derecho de gentes para teorizar que la guerra de conquista era incompatible con los principios de derecho natural declarados en 1789, afirmando la universalidad del género humano y el principio de la ciudadanía universal. Ser ciudadano, decía, es formar parte del soberano, es decir del pueblo, en una sociedad en que se respeta la igualdad de derechos entre los ciudadanos, pero también la igualdad de derechos entre los pueblos, es decir, la reciprocidad de la libertad a escala mundial. Al igual que en el derecho cívico la igualdad es la reciprocidad de la libertad, la fraternidad, según Robespierre, se presenta como la reciprocidad de la soberanía popular entre los pueblos. La Revolución era pensada como un proceso universal, pues su objetivo era restaurar los derechos naturales. La patria no era ni un lugar geográfico, ni un país, ni un territorio, sino la patria se encuentra en primer lugar en la ley natural que debe regir el género humano. Robespierre atacó la autonomía del ejercicio de soberanía nacional. No concebía la reducción de la ciudadanía a la de nacionalidad. La noción actual de nacionalidad es extraña a esta definición de la ciudadanía. Sin embargo, en este enfrentamiento de concepciones, la teoría del interés nacional se impuso sobre los derechos del hombre y del ciudadano, y el patriotismo revolucionario dio paso al nacionalismo conquistador de la Gran Nación. Ello estuvo unido al abandono, desde 1795, de la teoría de los derechos naturales del hombre. De este modo los derechos nacionales de los franceses se impusieron a los derechos del hombre y a la ciudadanía universal. La consecuencia, tras el episodio napoleónico, fue que el nacionalismo francés quedó separado de la herencia revolucionaria y perduró como patrimonio de la derecha bonapartista, al tiempo que los ciudadanos quedaron reducidos a casi súbditos bajo el Imperio napoleónico.
Bibliografía
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Wahnich S., 1997, L´impossible citoyen (L´étranger dans le discours de la Révolution française), Paris, Albin Michel.
Notes
[1] Este tratamiento de los extranjeros, fue cambiando a lo largo de la Revolución. En plena radicalización de la misma, durante 1793-1794, y en el contexto de la lucha contra la Europa aristocrática, la noción de «extranjero» se convirtió en una categoría política, identificada a la de «enemigo de la revolución». Véase sobre el tema el trabajo de Wahnich (1997).

citer article : Castells Irene , « La ciudadanía revolucionaria », Erytheis, 1, mayo de 2005, http://www.erytheis.net/texte-integral.php3?id_article=78

LOS DERECHOS EL HOMBRE Y EL CIUDADANO.LA REVOLUCIÓN FRANCESA - LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE 1789-1791



Los representantes del pueblo francés, constituidos en Asamblea Nacional, considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos del hombre, son las principales causas de las desgracias públicas y de la corrupción de los gobiernos, han resuelto exponer en una declaración solemne los derechos naturales, inalienables y sagrados del hombre, para que esta declaración, constantemente presente a todos los miembros del cuerpo social, les recuerde sin cesar sus derechos y sus deberes; para que los actos del poder legislativo y del poder ejecutivo puedan en cada instante ser comparados con el objeto de toda institución política y sean más respetados; para que las reclamaciones de los ciudadanos, fundadas desde ahora sobre principios simples e incontestables, tiendan siempre al mantenimiento de la Constitución y a la felicidad de todos. En consecuencia, la Asamblea Nacional reconoce y declara, en presencia y bajo los auspicios del Ser Supremo, los siguientes derechos del hombre y del ciudadano.
ARTÍCULO 1. Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales no pueden fundarse más que sobre la utilidad común.
ARTICULO 2. El objeto de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Estos derechos son la libertad, la seguridad y la resistencia a la opresión.
ARTÍCULO 3. El principio de toda soberania reside esencialmente en la nación. Ningún cuerpo ni individuo puede ejercer autoridad que no emane expresamente de ella.
ARTÍCULO 4. La libertad consiste en poder hacer todo aquello que no dañe a otro; por lo tanto, el ejercicio de los derechos naturales de cada hombre no tiene otros límites que los que aseguren a los demás miembros de la sociedad el disfrute de estos mismos derechos. Estos límites no pueden ser determinados más que por la ley.
ARTICULO 5. La ley no tiene el derecho de prohibir más que las acciones nocivas a la sociedad.
Todo lo que no está prohibido por la lev no puede ser impedido, y nadie puede ser obligado a hacer lo que ella no ordena.
ARTICULO 6. La ley es la expresión de la voluntad general. Todos los ciudadanos tienen derecho a contribuir personalmente, o por medio de sus representantes, a su formación. La ley debe ser idéntica para todos, tanto para proteger como para castigar. Siendo todos los ciudadanos iguales ante sus ojos, son igualmente admisibles a todas las dignidades, puestos y empleos públicos, según su capacidad, y sin otra distinción que la de sus virtudes talentos.
ARTÍCULO 7. Ningún hombre puede ser acusado, arrestado ni detenido más que en los casos determinados por la lev y según las formas por ella prescritas. Los que soliciten, expidan, ejecuten o hagan ejecutar órdenes arbitrarias, deben ser castigados, pero todo ciudadano llamado o designado en virtud de la ley, debe obedecer en el acto: su resistencia le hace culpable.
ARTÍCULO 8. La ley no debe establecer más que las penas estrictas y evidentemente necesarias, y nadie puede ser castigado más que en virtud de una ley establecida y promulgada con anterioridad al delito, y legalmente aplicada.
ARTICULO 9. Todo hombre ha de ser tenido por inocente hasta que haya sido declarado culpable, y si se juzga indispensable detenerle, todo rigol- que no fuere necesario para asegurarse de su persona debe ser severamente reprimido por la ley.
ARTÍCULO 10. Nadie debe ser molestado por SUS opiniones, incluso religiosas, con tal de que su manifestación no altere el orden público establecido por la ley.
ARTICULO 11. La libre comunicación de los pensamientos y de las opiniones es uno de los más preciosos derechos del hombre. Todo ciudadano puede, pues, hablar, escribir, imprimir libremente, salvo la obligación de responder del abuso de esta libertad en los casos determinados por la ley.
ARTÍCULO 12. La garantía de los derechos del hombre y del ciudadano necesita de una fuerza pública; esta fuerza queda instituida para el bien común y no para la utilidad particular de aquellos a quienes está confiada.
ARTÍCULO 13. Para el mantenimiento de la fuerza pública y para los gastos de administración es indispensable una contribución común. Esta contribución debe ser repartida por igual entre todos los ciudadanos, en razón de sus facultades.
ARTÍCULO 14. Todos los ciudadanos tienen el derecho de comprobar, por sí mismos o por sus representantes, la necesidad de la contribución pública, de consentirla libremente, de vigilar su empleo y de determinar su cuantía, su asiento, cobro y duración.
ARTÍCULO 15. La sociedad tiene el derecho de pedir cuentas a todo agente público de su administración.
ARTÍCULO 16. Toda sociedad en la que la garantía de los derechos no está asegurada, ni la separación de los poderes determinada, no tiene Constitución.
ARTÍCULO 17. Siendo la propiedad un derecho inviolable y sagrado, nadie puede ser privado de ella, si no es en los casos en que la necesidad pública, legalmente comprobada, lo exija evidentemente, y bajo la condición de una indemnización justa y previa.
(Decretados por la Asamblea Nacional Francesa en agosto de 1789).

LA REVOLUCIÓN FRANCESA: CAUSAS Y CONSECUENCIAS




La Revolución Francesa fue el cambio político más importante que se produjo en Europa, a fines del siglo XVIII. No fue sólo importante para Francia, sino que sirvió de ejemplo para otros países , en donde se desataron conflictos sociales similares, en contra de un régimen anacrónico y opresor, como era la monarquía. Esta revolución significó el triunfo de un pueblo pobre, oprimido y cansado de las injusticias, sobre los privilegios de la nobleza feudal y del estado absolutista.
Durante el reinado de Luis XIV (1643-1715) (foto), Francia se hallaba bajo el dominio de una monarquía absolutista, el poder de rey y de la nobleza era la base de este régimen, pero en realidad el estado se encontraba en una situación económica bastante precaria, que se agravó por el mal gobierno de Luis XV (bisnieto de Luis XIV), y que tocó fondo durante el reinado de Luis XVI, gobernante bien intencionado, pero de carácter débil, por lo que se lo llamaba el buen Luis.
"Los gastos militares y un lustro de malas cosechas crearon una gravísima situación social. La mayoría de la población se vio en la miseria mientras el lujo y el despilfarro del rey y la nobleza continuaban como si nada. Luis XVI se negó a realizar cualquier tipo de reforma y defendió los privilegios de la aristocracia frente al hambre de sus súbditos, que se estaban hartando de la injusticia." Fuente: Felipe Pigna
El mantenimiento de un estado absolutista demandaba mucho dinero, ya que:
* Existía un gran número de funcionarios en el gobierno y cada uno buscaba su propio beneficio
* Se tenía que mantener un gran ejército permanente.
* La corte vivía rodeada de lujos.
Algunos ministros de Hacienda trataron de encontrar una solución a esta crisis, pero sus medidas sólo complicaron más la situación.
Aparece un nuevo problema:
· En envió de tropas a América de Norte, para defender su posiciones territoriales, antes el avance de gobierno inglés, en la guerra de los Estados Unidos.
· Consecuentemente la monarquía se endeudó mucho más.
Soluciones Propuestas:
· Se recurrió al tradicional intento de aumentar los impuestos.
· Se trató de conseguir que la nobleza también aporte su correspondiente diezmo, medida que provocó la ira y oposición de esta última clase social, que estaba dispuesta a defender sus privilegios feudales, hasta el punto de enfrentar la monarquía.
· Para que no se empeorara su situación económica la nobleza trató de acaparar más cargos en la burocracia estatal, y además, aumentó la explotación de los campesinos que trabajaban en sus tierras, exigiéndoles mayores contribuciones.
Resumiendo:
a- La economía del país estaba arruinada.
b- Los nobles consecuentemente sufrían dramas financieros.
c- El clero no recibía el diezmo por parte del pueblo.
d- La burguesía quería acceder a cargos públicos.
e- Los campesinos estaban cansados del poder feudal.
La sociedad estaba compuesta por tres sectores sociales llamados estados. El primer estado era la Iglesia; sumaba unas 120.000 personas, poseía el 10% de las berras de Francia y no pagaba impuestos. Recibía de los campesinos el “diezmo”, es decirla décima parte del producto de sus cosechas. Sólo la Iglesia podía legalizar casamientos, nacimientos y defunciones, y la educación estaba en sus manos. El segundo estado era la nobleza, integrada por unas 350.000personas. Dueños del 30 % de las tierras, los nobles estaban eximidos de la mayoría de los impuestos y ocupaban todos los cargos públicos. Los campesinos les pagaban tributo y sólo podían venderles sus cosechas a ellos. Tenían tribunales propios, es decir que se juzgaban a sí mismos. El tercer estado comprendía al 98% de la población, y su composición era muy variada. Por un lado estaba la burguesía, formada por los ricos financistas y banqueros que hacían negocios con el estado; los artesanos, funcionarios menores y comerciantes. Por otra parte, existían campesinos libres, muy pequeños propietarios, arrendatarios y jornaleros. El proletariado urbano vivía de trabajos artesanales y tareas domésticas. Finalmente estaban los siervos, que debían trabajo y obediencia a sus señores. El tercer estado carecía de poder y decisión política, pero pagaba todos los impuestos, hacia los peores trabajos y no tenía ningún derecho. La burguesía necesitaba tener acceso al poder y manejar un estado centralizado que protegiera e impulsara sus actividades económicas, tal como venia ocurriendo en Inglaterra.
Viendo la difícil situación económica que se asomaba, la nobleza exigió que se llamara a Estados Generales, para el tratamiento de una ley de impuestos. La monarquía prácticamente arruinada económicamente y sin el apoyo de gran parte de la nobleza, estaba en la ruina.
Cuando se reunieron en los Estados Generales (1789), la situación de Francia estaba sumamente comprometida, ya que el pueblo no soportaba más tan penosa vida, y existía un gran descontento social. Como se dijo, las clases sociales existentes en ese momento eran: la nobleza, el clero y la burguesía, pero al contar los votos de la nobleza y del clero, que pertenecían a un estamento privilegiado, superaban en número a la burguesía, y por lo tanto siempre se tomaban las decisiones que a esta sector le convenía. Solucionado este sistema de conteo, el tercer estamento (la burguesía) pudo tomar el control de la situación, y comenzó a sesionar como Asamblea Nacional, y juraron solemnemente que ésta no se disolvería hasta tanto no se logre conformar una Constitución Nacional.
En 14 de Julio de 1789, la burguesía se vio apoyada por un gran sector explotado por la nobleza, los campesinos, que en medio de una agitada multitud revolucionaria formada por hombres y mujeres, saturados de injusticias y de hambre, se dirigen violentamente a la Bastilla, símbolo del régimen absolutista, donde funcionaba como cárcel de los opositores al sistema de gobierno, y toman la toman por la fuerza. Esta demostración atemorizó a los partidarios del antiguo sistema, y sirvió para inclinar la balanza en favor de los revolucionarios, desplazando así del poder a los nobles y partidarios del absolutismo.
Paralelamente se produjo en las zonas rurales levantamientos de los campesinos contra los señores feudales, lo cuales fueron asesinados, y sus castillos saqueados e incendiados. A este movimiento social por la justicia y fraternidad de los hombres en 1789, se lo conoce como el Gran Miedo.
La Asamblea Nacional estaba formada por la burguesía, que inicialmente para luchar contra la monarquía, lo hizo en forma unificada, pero en realidad la burguesía no era una clase social homogénea, sino que estaba dividida en la alta burguesía –banqueros, financistas, comerciantes, propietarios- y en la baja burguesía formada por los profesionales (abogados y médicos), pequeños comerciantes y dueños de talleres.
Cuando llegó el momento de decidir por la forma de gobierno, la alta burguesía apoyó a los girondinos, oriundos de la provincia de La Gironda, que querían llegar a un acuerdo con la monarquía e instaurar una monarquía constitucional, es decir, tenía una actitud moderadora respecto a los cambios políticos.
Por otro lado estaban los jacobinos, que tenían ideas más revolucionarias y de cambios radicales, con tendencia a la instauración de una república democrática, con derechos a la participación política y con la aplicación de medidas más equitativas para la repartición de la riqueza y la lucha contra el hambre popular. Dicho nombre proviene de que se reunían en asambleas, llamadas clubes , en un convento ubicado sobre la calle San Jacobo.
Los diputados de la asamblea, decidieron eliminar los privilegios de la nobleza, se les obligó a pagar impuestos y se eliminó el diezmo a la Iglesia. Pocos días después la asamblea dicta la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, esta proclama se transformó en la síntesis de las ideas revolucionarias, basadas en tres banderas: igualdad, fraternidad y libertad.
Les interesaba la libertad para comerciar, la defensa de la propiedad privada y la igualdad de los ciudadanos ante la ley.
El 3 de Septiembre de 1789, se proclamó la Constitución de carácter moderado, en donde la alta burguesía había logrado prevalecer sus ideales, de negociar con el antiguo régimen, quedando a cargo del poder ejecutivo el rey (Luis XVI), el poder legislativo lo ejerció una asamblea formada por la burguesía y el poder judicial, se compuso de jueces electos. Se estableció que sólo podían votar aquellos que pagaban ciertos impuestos, y de esta manera se pone en evidencia que las banderas de igualdad proclamada por los revolucionarios tenía ciertas limitaciones.
La nobleza de esta manera se vio con sus poderes recortados, lo que los motivó a tratar de crear alianzas y buscar apoyos en otros países con gobiernos absolutista, y de paso tratar de evitar que estos movimientos se expandan a otros reinos, y para ello no había mas remedio que la guerra. Países como Austria y Prusia, atacaron a los franceses en los límites de su territorio y lograron contenerlos, pero los cuidados que tuvieron los países limítrofes con Luis XVI, hicieron evidente de la alianza que existía entre éste y la intervención extranjera, de esta manera el pueblo francés destronó al rey, y luego se lo decapitó. Más tarde fue ejecutada su mujer: María Antonieta. La asamblea nacional fue desplazada y un nuevo cuerpo de representantes reunidos en una Convención, comenzó a dirigir el nuevo gobierno republicano, liderado por la baja burguesía, dependiente del partido jacobino.
El cambio de mayor importancia es que ahora los representantes podían ser elegidos mediante el sufragio universal, permitiendo una mayor participación de sectores humildes y populares, llamados sans culottes (sin calzones).Desde 1792 los jacobinos lograron el control de la Convención, y sus principales activistas fueron: Dantón, Robespierre, Marat y Saint Just.
La república jacobina en el plano exterior debió frenar el avance de los ejércitos extranjeros, en el plano interior debió combatir la aristocracia, y terminar con la resistencia de los girondinos, que se oponían a la nueva forma de gobierno. Para tomar mejor partido de su control, los jacobinos hicieron alianzas con los sans-culottes, y durante 1793, se creó una institución destinada a establecer un rígido control de los opositores, y castigarlos duramente y aplicar la pena de muerte a todos aquellos que no apoyaban el sistema de gobierno republicano. Este instrumento fue dirigido en persona por Robespierre. Se trataba de mantener dominados a sus opositores, a través del miedo, por lo que se lo llamó: El terror revolucionario.
La medidas tomadas por la Convención no pudieron atender a todas las exigencias del sector popular, que seguían sufriendo la crisis económica. Se trató de llevar un control de precios para los alimentos básicos, aplicando severa penas a quienes no las acataban, pero no se logró el efecto deseado, lo que llevó al sector de los sans-culottes a romper su alianza con los jacobinos, creando una fisura y debilidad al partido gobernante.
Robespierre: Con Robespierre al frente, se estableció un gobierno revolucionario, el Comité de Salvación Pública, que suspendió algunas garantías constitucionales, mientras la situación de guerra pusiera en peligro la Revolución, y se utilizó el Terror, un estado de excepción, para perseguir, detener y, en su caso, guillotinar a los sospechosos de actividades contrarrevolucionarias. Ante la guerra y la crisis económica se tomaron toda una serie de medidas para favorecer a las clases populares y que fueron signo del nuevo carácter social de la República.
— La venta en pequeños lotes de los bienes expropiados a la nobleza para que pudieran ser adquiridos por los campesinos.
— Ley que fijaba el precio máximo de los artículos de primera necesidad y la reglamentación de los salarios.
— Persecución de los especuladores, confiscación de sus bienes y distribución de ellos entre los pobres.
— Obligatoriedad y gratuidad de la enseñanza primaria, prohibición de la mendicidad, atención a los enfermos, a los niños y a los ancianos.
— Proceso de descristianización, que comportó la sustitución del calendario cristiano por el que se iniciaba con la proclamación de la República y la sustitución del culto católico por un culto cívico; el de la razón.
Las reformas de Robespierre concitaron muy pronto la oposición de la mayor parte de la burguesía, que veía peligrar sus propiedades. Por otro lado, su forma de gobernar, dictatorial, desagradaba a muchos porque a cualquier crítica se respondía con la detención y la muerte. Cuando la guerra dejó de ser un problema y las victorias del ejército republicano garantizaban la estabilidad de la República, gran parte de los diputados de la Convención se pusieron de acuerdo para dictar una orden de detención contra Robespierre, que fue guillotinado el 28 de julio de 1794.
Conociendo la debilidad de este gobierno, la alta burguesía aprovechando la situación, y deseosos de terminar con los “excesos del populacho” en Julio de 1794, produjeron un golpe de estado, desplazando la república y creando un Directorio, que para lograr su autoridad se apoyaron en los militares. Los líderes de la Convención fueron guillotinados.
El Directorio, eliminó la libertad política de votar a los más humildes, se eliminó el control de precios y se tomaron medidas que favorecieron a los comerciantes y especuladores. Este nuevo régimen, el Directorio, fue contestado tanto por los realistas, partidarios de volver al Antiguo Régimen, como por las clases populares, de­cepcionadas por el nuevo rumbo político. Así, el sistema fue evolucionando hacia un autoritarismo, que acabó por recurrir al ejército y entregarle el poder. De todas maneras, el sector popular siguió pasando por las misma penurias de siempre y míseras condiciones de vida.
Entre los militares que apoyaban al Directorio, se encontraba Napoleón Bonaparte, que no tardó en hacerse del poder, mediante un golpe militar, aprovechando el gran prestigio que se había ganado en las diversas victorias militares en otros países. En 1799 se apoderó del gobierno se Francia, y se coronó como Primer Cónsul, concentrando cada vez más poder, hasta llegar a emperador en 1804. Con el tiempo la burguesía lo apoyó, ya que conservó muchos de los principios declarados en la Constitución, especialmente aquellos que beneficiaban a la burguesía más acomodada. A su vez estos lo apoyaban, porque evitaban el regreso de la república jacobina y del antiguo régimen aristocrático.
Consecuencias de la Revolución Francesa
1-Se destruyó el sistema feudal
2-Se dio un fuerte golpe a la monarquía absoluta
3-Surgió la creación de una República de corte liberal
4-Se difundió la declaración de los Derechos del hombre y los Ciudadanos
5-La separación de la Iglesia y del Estado en 1794 fue un antecedente para separar la religión de la política en otras partes del mundo
6-La burguesía amplió cada vez más su influencia en Europa
7-Se difundieron ideas democráticas
8-Los derechos y privilegios de los señores feudales fueron anulados
9-Comenzaron a surgir ideas de independencia en las colonias iberoamericanas
10-Se fomentaron los movimientos nacionalistas

miércoles, 18 de agosto de 2010

LA INDEPENDENCIA DE LAS COLONIAS BRITÁNICAS EN NORTEAMÉRICA

http://www.claseshistoria.com/revolucionesburguesas/revolucionusa.htm


La rebelión de las colonias que el Reino Unido poseía en el norte de América constituyó la primera revolución de carácter burgués y el precedente de otras posteriores (R. Francesa, de las colonias americanas de España, etc). Su importancia radicó en que por vez primera se puso en práctica deforma real y concreta una organización politica de carácter liberal asentada sobre las bases ideológicas de la Ilustración.

Las 13 colonias antes de la revolución
A mediados del siglo XVIII Gran Bretaña poseía en la costa atlántica del Norte de América 13 colonias:
Desde el punto de vista económico
Habían alcanzado cierta prosperidad. Las 8 del norte basaban su pujanza en la industria y el comercio y estaban lideradas por una rica burguesía. Las 5 del sur eran agrícolas (plantaciones de algodón, tabaco y arroz trabajadas por esclavos negros) y su clase adinerada estaba compuesta fundamentalmente por terratenientes.
Plantación de algodón
Tanto unas como otras, desde una práctica mercantilista, estaban sujetas al llamado "Pacto Colonial" que las obligaba a suministrar materias primas a la metrópoli a cambio de recibir sus manufacturas.
Desde el punto de vista político
Dependían de la Corona Británica (su rey era Jorge III), gozaban de escasa autonomía y los gobernadores británicos constituían la máxima autoridad. No poseían representación en el Parlamento Británico, y era precisamente allí donde se decidían los asuntos importantes que les concernían, tales como la fijación de impuestos. La ausencia de participación política generaba malestar entre los colonos, deseosos de alcanzar cierto grado de autonomía.

Causas de la revolución de las 13 colonias
Estructurales

Desde mitad del siglo XVIII existían una serie de factores (economía dependiente, falta de autonomía política) que dañaban las relaciones entre colonos y Metrópoli.
El desencadenante de la revuelta
Se produjo tras la Guerra de los Siete Años que Inglaterra había mantenido con Francia (1756 y 1763). Este conflicto generó una crisis finaciera del Estado que la Corona intentó paliar recurriendo al forzoso concurso económico de los colonos en forma de nuevos impuestos.Uno de estos impuestos fue la Stamp Act o "Ley del timbre" (1765), sello que gravaba la adquisición de documentos oficiales y la prensa. La oposición de las colonias a lo que consideraban una tasa abusiva obligó a la Corona a retirarla.
Sin embargo, más tarde, en 1767, fueron establecidos otros impuestos (Townshend Acts) que gravaban el papel, el vidrio, el plomo y el té.
Los colonos consideraron ilegítimas tales contribuciones y denunciaron la imposibilidad de disponer de representación en los foros donde se decidían iniciativas de tal calibre. Las protestas no se hicieron esperar y alcanzaron especial gravedad en 1770, año en que tuvo lugar la llamada"Matanza de Boston".
Matanza de Boston, 1770
Motín del Té, 1773
Ante la violenta reacción de los colonos, la Corona decidió retirar todas las tasas, salvo la del Té, hecho que provocó el llamado "Motín del Té" acontecido en el puerto de Boston (1773).
La respuesta a tales hechos por parte de la Corona se concretó en las llamadas "Leyes Coercitivas" de 1774, denominadas por los colonos "Leyes Intolerables", que se aplicaron a la colonia de Massachusetts y que supusieron, entre otras consecuencias, la clausura del puerto de Boston.
En septiembre de 1774 se celebró un Congreso en Filadelfia (Pensilvania) que impulsó la colaboración de las colonias frente a las acciones británicas. Todavía no se defendía la independencia respecto a la metrópoli y la reunión se limitó a una serie de reivindicaciones expresadas a través de una Declaración de Derechos y Agravios.

La guerra de independencia de las 13 colonias
La guerra se inició en abril de 1775 con la batalla de Lexington y presentó las siguientes características:
En ella intervinieron dos concepciones militares distintas
De un lado, el ejército regular colonial británico reforzado por 17.000 mercenarios, al que se unieron diversas tribus indias. Sobre el papel era muy superior al de los colonos pero el alejamiento de sus bases logísticas le restaba eficacia.
Del otro, la improvisada fuerza armada de los colonos, en principio desorganizada, pero convertida con el tiempo por George Washington en un efectivo instrumento militar.
Fue una guerra de carácter internacional
A partir de 1778 (tras la petición de ayuda del científico Benjamín Franklin) las potencias absolutistas Francia (Lafayette) y España intervinieron en apoyo de la joven República. Su pretensión era debilitar a Inglaterra. Asimimismo intervino Holanda.
Se desarrolló en varias fases
Tras una primera etapa favorable a Gran Bretaña, el conflicto cambió de rumbo a raíz de la victoria de los colonos en Saratoga (1777). La batalla de Yorktown (1781) decidió el resultado del conflicto que concluyó definitivamente en 1783 tras la firma de la Paz de Versalles, por la que Gran Bretaña reconoció la independencia de sus colonias.
La creación de un nuevo estado
El nuevo Estado surgido de la revolución se asentó sobre un conjunto de valores e instituciones inspirados en el pensamiento liberal e ilustrado que se extendieron posteriormente a otros países.
Garantizaba una serie de prerrogativas
Según ellas cualquier persona al nacer goza de una serie de derechos naturales, individuales e intransferibles: a la vida, a la libertad, a la igualdad, a la propiedad, a derrocar un gobierno injusto (soberanía nacional), a la defensa legal ("hábeas corpus"), y a la libertad de expresión, asociación, prensa y religión.
Estos derechos fueron plasmados tempranamente en la Declaración de Independencia (Filadelfia, 4 de julio de 1776) redactada por Jefferson y en la Declaración de Derechos del Estado de Virginia (1776).
Esos derechos fueron recogidos en una constitución
Constitución de USA
La Constitución de 1787 respetaba las singularidades de cada uno de los estados. Y a ella se sometieron (bajo la idea de soberanía nacional) todos los gobernantes y cargos públicos. Supuso la primera plasmación práctica de los principios políticos del liberalismo.
La organización política por la que se optó fue la de un Estado federal republicano que agrupaba las trece colonias en una confederación voluntaria. Su vínculo quedaba garantizado por un poder federal fuerte cuyo papel consistía en conciliar los particularismos de cada uno de los estados miembros en aspectos tales como la política exterior, la política económica o el ejército.
Actualmente la Constitución de 1787 sigue en vigor en USA, si bien ha sido objeto de numerosas enmiendas que le han permitido adapatarse a los tiempos.

Consecuencias de la independencia de las trece colonias
1. Desde el punto de vista económico, los Estados Unidos de Norteamérica se liberaron de las trabas mercantilistas que les imponía la metrópoli cuando eran colonias y se lanzaron a un proceso de expansión económica y territorial (conquista del Oeste) que los llevó a convertirse en una gran potencia.
2. Desde el punto de vista social, la burguesía asumió el liderazgo de una moderna sociedad de clases mientras otros estados permanecían anclados todavía en la sociedad estamental.
3. Desde el punto de vista internacional, surgió el primer ejemplo de descolonización. En cuanto al carácter internacional del conflicto hay que distinguir entre dos casos:
Para Francia la guerra implicó un considerable gasto y la agudización de la crisis del Antiguo Régimen. Seis años después de concluido el conflicto americano estallaría su propia Revolución.
España se anexionó extensas áreas del sur de Norteamérica, pero por otro, asistió impotente a la propagación de las ideas revolucionarias en sus territorios ultramarinos. Décadas más tarde perdería la mayor parte de sus colonias.
4. Desde el punto de vista político-ideológico, se consumó la primera revolución de carácter liberal que permitió hacer realidad las ideas más avanzadas de la Ilustración. La Constitución de 1787 fue la primera escrita de la historia.
La República Federal que articuló el nuevo Estado llevó a la práctica la división de poderes de Montesquieu:
El legislativo recayó en el Congreso (dividido en dos cámaras: el Senado y la Cámara de Representantes).
El judicial descansaba sobre el Tribunal Supremo.
El ejecutivo fue encarnado por el Presidente de la República, el primero de los cuales fue George Washington.

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL: PRIMERA REVOLUCIÓN TECNOLÓGICA E INDUSTRIAL EN EL MUNDO


http://www.portalplanetasedna.com.ar/revolucion_industrial.htm


LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL DEL SIGLO XVIII
Introducción: Hasta fines del siglo XVIII, la economía europea se había basado casi exclusivamente en la agricultura y el comercio. Lo que hoy llamamos productos industriales eran, por entonces, artesanías, como por ejemplo los tejidos, que se fabricaban en casas particulares. En una economía fundamentalmente artesanal, el comerciante entregaba la lana a una familia y ésta la hilaba, la tejía y devolvía a su patrón el producto terminado a cambio de una suma de dinero.

Esta forma de producción se modificó notablemente entre fines del siglo XVIII y mediados del XIX. El país donde comenzaron estos cambios fue Inglaterra. Allí se daban una serie de condiciones que hicieron posible que, en poco tiempo, se transformara en una nación industrial; lo que permitió impulsar la inventiva y aplicarla a la producción y a los transportes. Surgieron entonces los telares mecánicos, que multiplicaban notablemente la cantidad y la calidad de los productos, y los ferrocarriles y los barcos de vapor que trasladaron los productos de Inglaterra.
Este período, conocido como la Revolución Industrial, fue posible porque:
* Este reino disponía de importantes yacimientos de carbón, el combustible más usado en la época. También, poseía yacimientos de hierro, la materia prima con la que se hacían las máquinas, los barcos y los ferrocarriles;
* La burguesía (ver Vocabulario) inglesa había acumulado grandes capitales a partir de su expansión colonial y comercial;
* Las ideas liberales, muy difundidas en la Inglaterra de esa época, favorecían la iniciativa privada. A esto se sumaban las garantías que daba un parlamento que representaba también los intereses de esta burguesía industrial y comercial.
* La marina Mercante inglesa era una de las más importantes del mundo. Esto garantizaba a los productores de ese país una excelente red de distribución en el orden mundial.
OCUPADOS Y DESOCUPADOS
A lo largo del siglo XVIII fue cambiando también la modalidad de explotación de la tierra: rotación de cultivos, uso de algunos fertilizantes, mejoras en el instrumental de labranza, reducción del personal al mínimo imprescindible. En los lugares en que se aplicaban estos cambios generalmente en las tierras de las personas más pudientes se tendió a aumentar la producción y, en consecuencia, a bajar los precios. A su vez, los campos fueron cercados y los grandes propietarios, conscientes de los beneficios que les brindaba el nuevo sistema, se adueñaron de las tierras de los campesinos quienes, de esta manera, se quedaron sin nada. Esto provocó que muchos comenzaran a trasladarse hacia los centros urbanos en busca de trabajo. En las ciudades que comenzaron a llenarse de establecimientos industriales, las familias numerosas se veían en serias dificultades, porque siempre la cantidad de puestos de trabajo era menor que la masa de obreros sin empleo. Los campesinos no paraban de llegar a las ciudades y esto empeoraba las cosas: ante tanta oferta de mano de obra, los patrones rebajaban los sueldos y hasta despedían a los que estaban trabajando para tomar niños y pagarles menos. En los grandes centros industriales ingleses, como Manchester, Londres y Liverpool, los desocupados se contaban por miles.



VOCABULARIO


Burguesía: clase social surgida a partir de¡ siglo xii en los centros comerciales medievales europeos, llamados "burgos". Estuvo en sus inicios dedicada al comercio (burguesía comercial) y se constituyó, rápidamente, en un grupo poderoso que llegó a disputarles el poder a los señores feudales. Opusieron al sistema feudal cerrado el sistema capitalista, basado en la moneda y el trabajo asalariado. La riqueza ya no será sólo la inmueble (las tierras), ahora también habrá una riqueza mueble: el dinero y las mercancías, que eran las propiedades de la burguesía. En el siglo xviii, durante la Revolución Industrial, la burguesía propietaria de industrias se llamó burguesía industrial. Los patrones sacaban provecho de esta dramática situación extendiendo las jornadas laborales hasta 15 y 17 horas diarias en fábricas que no reunían las mínimas condiciones de seguridad e higiene y pagando, además, salarios miserables. El creciente deterioro de esta situación en las décadas siguientes provocaría una lenta estrategia de nucleamiento de los trabajadores en distintas agrupaciones de diferente tenor ideológico, pero todas confluyendo en la intención de reclamar por sus derechos.
EL CAPITALISMO INDUSTRIAL
El maquinismo exigió una importante inversión de capitales. Hasta ese momento la burguesía los destinaba a los bancos y al comercio, pero notó el importante negocio que significaba producir a más bajo costo y en grandes cantidades. Así nació la burguesía industrial, integrada por los dueños de las grandes fábricas, que pondrán fin a los pequeños talleres artesanales. Frente a esta nueva realidad, los artesanos que trabajaban por su cuenta, tenían una sola opción: trabajar para esas fábricas y cerrar sus talleres. A este sistema se lo llamó capitalismo industrial, porque la industria será el nuevo centro de producción del capital al que estarán lógicamente asociados la banca financiando la producción y las ventas y el comercio.
Las grandes ganancias generadas por la actividad industrial no serían reinvertidas en su totalidad, en ese sector. Los dueños de las fábricas advirtieron la conveniencia de diversificar sus inversiones y destinar parte de su capital a la creación de bancos, entidades financieras y compañías de comercio que distribuían la mercadería que producían sus fábricas.
La Revolución Industrial determinó la aparición de dos nuevas clases sociales: la burguesía industrial (los dueños de las fábricas) y el proletariado industrial (los trabajadores). Se los llamaba proletarios porque su única propiedad era su prole, o sea sus hijos, quienes, generalmente a partir de los cinco años, se incorporaban al trabajo. Esta situación llevó a varios pensadores de la época a sostener que el enfrentamiento entre estos dos grupos sociales (la lucha de clases) continuaría siendo ineludible y a la vez la condición básica para el surgimiento de una sociedad más igualitario.
LOS AVANCES TÉCNICOS
La Revolución Industrial le permitió a Inglaterra transformarse rápidamente en una gran potencia. Por su parte, el invento del ferrocarril agilizó el traslado de la mercadería y abarató los productos; a la vez que, al mejorar la circulación y las comunicaciones, acercó las distintas regiones. En ese contexto, para el resto de los países era muy difícil competir con los productos ingleses. Por ejemplo, en 1810, cuando después de la Revolución de Mayo, Buenos Aires se abrió al comercio libre con Inglaterra, un poncho inglés costaba 10 veces menos que uno producido en los telares artesanales de Catamarca confeccionado en un tiempo mayor. La apertura comercial perjudicó muy seriamente a las artesanías y pequeñas industrias del interior hasta, casi, eliminarlas.
Pero Gran Bretaña no sólo exportaba productos textiles, sino también maquinarias, capitales y técnicos para la construcción de ferrocarriles. Los países que establecían contratos con estas compañías debían tomar créditos con bancos ingleses muchas veces, vinculados a las compañías para financiar las obras. Estos países quedaban de por vida dependiendo de Inglaterra, por las deudas contraídas y por las necesidades técnicas y de repuestos que solo proveían las empresas constructoras inglesas.
ORÍGENES DEL MOVIMIENTO OBRERO
Con la Revolución Industrial también crecen los conflictos sociales. A muchos capitalistas no les importaba que sus trabajadores, a veces niños de siete años, trabajaran 12 ó 14 horas por día en condiciones insalubres, con graves riesgos físicos. Su única preocupación era aumentar la producción al menor costo posible, es decir, pagando el salario más bajo que se pudiera, aprovechándose de la gran cantidad de desocupados que había. Esta situación de injusticia llevó a la aparición de los primeros sindicatos de trabajadores y de huelgas en demanda de aumentos de sueldo y de mejoras en las condiciones de trabajo. La unión de los trabajadores posibilitó la sanción de las primeras leyes protectoras de sus derechos y, consecuentemente, el mejoramiento progresivo de su calidad de vida.
El avance de la burguesía industrial implicó, a su vez, un proceso de cambios en la vida de muchas personas. Pero sobre todo, en la de aquellos que se incorporan en condición de obreros, en el trabajo fabril. Algunos provenían del campo: eran antiguos labradores que habían sido expulsados de sus parcelas para criar ovejas y producir lana destinada a la naciente industria textil. Otros eran artesanos que, al no poder competir con la industria, se vieron obligados a ingresar en e taller, Antes, la mayoría de ellos producían en sus Parcelas o talleres, para satisfacer sus necesidades de uso (alimentación, vestido, etc.). Ahora, comenzaban a producir para el dueño de la fábrica que aspiraba a vender mercancías y enriquecerse. Antes, el tiempo y el ritmo del trabajo eran auto controlados; ahora, la intensidad del trabajo la establecerá el propietario del taller. En el pasado, sus jornadas de labor con su mujer e hijos eran extensas y anotadoras como ahora; pero ese tiempo de trabajo era su propio tiempo y eran ellos quienes disponían de él.
Para las nuevas formas de producción, el tiempo es oro y la burguesía necesitó intensificar los ritmos de producción La "socia" para lograr este fin fue la máquina que obligó al obrero a seguir el ritmo que ella le imponía, y también las multas a todo obrero que estuviera fumando, cantando, rezando o realizando cualquier acción que pudiera perturbar la labor marcada por el cronómetro, ahora dueño del tiempo en la fábrica
A LA LUCHA
En este clima de obligaciones y de ritmo tan exigentes, la taberna será el único lugar de libertad para los trabajadores, y en ellas cerveza mediante, comenzarán a buscar la forma de organizarse para resistir. Al comienzo, dichas resistencias se expresarán en revueltas callejeras contra el alza de precio del pan o en peticiones al Parlamento. Pero al crecer los reclamos, se prohibieron las asociaciones obreras en 1799. Entonces, los obreros recurrieron a la acción directa: comenzaron a atacar las casas o talleres de sus patrones para exigir mejoras.
Se dice que un joven aprendiz, enojado con su maestro, resolvió el conflicto dándole un martillazo al telar. Estaba agotado. El destructor de la máquina se llamaba Ned Ludd, y por esto se llamará luddista al movimiento que entre 1812 y 18 1 7, en medio de una gran crisis económica, amenazará a sus patrones y realizará ataques sistemáticos a las máquina. Hoy no es claro si los luddistas veían en las máquinas la causante de sus penurias o si era ésa la única forma que habían encontrado de hacerse escuchar en una sociedad sorda a sus reclamos.
Recién al calor de un ciclo de prosperidad económica, se legalizarán las asociaciones obreras en 1824 y los trabajadores comenzarán nuevas búsquedas para mejorar si¡ situación: la creación de cooperativas obreras de producción y luego, la "Carta al Pueblo", de la Asociación de Trabajadores en 1837. Para ello plantearon: el sufragio universal y secreto, suprimir la obligación de ser propietario para ser parlamentario y que la labor legislativa fuese remunerada. Estos últimos pedidos eran claros: los trabajadores son ciudadanos, aunque no tengan riquezas, y deben participar en la toma de decisiones.
LA IGLESIA Y LA CUESTION SOCIAL
Durante la primera mitad del siglo XIX, la Iglesia católica comenzó a manifestar su preocupación frente a la presencia de un proletariado empobrecido y en constante aumento. La Iglesia ,adopta soluciones que pasaban por la caridad. En Francia, por ejemplo, fue creada la Sociedad de Moral Cristiana, de la que surgieron numerosas instituciones cajas de ahorro y sociedades de socorros mutuos. La Sociedad tenía un comité para el perfeccionamiento moral de los presos y otro para la ubicación de éstos.
Hacia 1891, el Papa León XIII dictó la encíclica Rerum Novarum en la que la Iglesia trató problemas propios del mundo contemporáneo, como el salario, y expresó su preocupación por las condiciones de vida de los trabajadores.
Pío X, el Papa que sucedió a León XIII, desatendió el reformismo religioso de su antecesor e impulsó el integrismo concepción religiosa por la cual la vida profana (es decir, aquella que no se ajustaba a los principios religiosos) debía subordinarse a los principios inmutables del catolicismo, como también, a las decisiones que la Iglesia adoptara. De este modo, todo católico permanentemente debía dar muestras indudables de profesar una fe íntegra y absoluta.

DE LA PRIMERA A LA SEGUNDA REVOLUClÓN INDUSTRIAL
Hasta mediados del siglo XIX, la mayoría de la población europea estaba formada por campesinos. En los Estados Unidos, la agricultura predomina hasta el triunfo del norte industrialista sobre el sur agrario y esclavista, en la guerra civil.
La lentitud con que se propagaban los cambios impulsados por la Revolución Industrial llevó a que la economía mundial siguiera sometida a los viejos ritmos impuestos por las buenas y las malas cosechas. La crisis económica que se desata entre 1846 y 1848 fue, quizás, la última crisis cuyas causas fueron predominantemente agrarias.
En el ámbito de las comunicaciones, se dieron profundos cambios. George Stephenson inventó la locomotora en 1814 y, luego de años de pruebas, se realizó en 1825 el primer viaje en un tren de pasajeros entre las ciudades inglesas de Stockton y Darlington. A partir de entonces, el parlamento inglés comenzó a aprobar la instalación de miles de kilómetros de vías férreas. La más importante fue la que unió los centros industriales de Liverpool y Manchester. El tren revolucionó la circulación de mercaderías. Mientras que un carro tirado por caballos o mulas podía llevar hasta una tonelada de mercadería, los trenes podían trasladar más de mil. Esto abarató los costos y amplió los mercados. También, por esta época se duplicó la capacidad de los barcos para transportar cargas y se redujo notablemente el tiempo necesario para cruzar el Atlántico. En 1838, el "Sirius" y el "Great Western" fueron los primeros barcos de vapor en cruzar el océano. La misma travesía que en 1820 llevaba unas ocho semanas, a fin de ,siglo solo demandaba una. Otro adelanto de gran importancia fue el telégrafo. Hacia fines del siglo XVIII se implementó un telégrafo visual a partir del uso de distintos colores. Este invento tenía grandes limitaciones de alcance y visibilidad. Los problemas fueron superados en 1837, cuando Samuel Morse ideó un código que lleva su nombre, y que permitiría, en muy poco tiempo, transmitir textos completos a través de un sistema de circuitos eléctricos. En 1866, se tendió un cable telegráfico interoceánico entre Inglaterra y los Estados Unidos. Años más tarde, el italiano Guglielmo Marconi completó las investigaciones de Heinrich Hertz sobre la transmisión telegráfica, a través de las ondas eléctricas de la atmósfera, y concretó la invención del telégrafo inalámbrico. En 1876, Alexander Graham Be¡¡ inventó el teléfono, revolucionando el mundo de las comunicaciones. Aunque su difusión fue muy lenta y limitada, en un principio, a las ciudades más importantes de los países centrales. En 1895, dos hermanos franceses, los Lumiére, descubrieron que tomando varias fotos sucesivas y proyectándolas a una cierta velocidad, se producía la imagen del movimiento en el espectador. Inventaron una cámara especial que registraba estas imágenes y que, a la vez, servía como proyector. Habían inventado el cine. Las primeras películas de los Lumiére reflejan escenas de su familia, la salida de obreras de una fábrica, la llegada de un tren y la primera película còmica: El regador regado. Casi todas duraban menos de un minuto. Todos estos adelantos mejoraron paulatinamente la calidad de vida de una población que fue creciendo al ritmo de estos cambios. Aumentó la natalidad y disminuyeron los índices de mortalidad. En 1800, la población europea era de unos 190 millones de personas. En 1900, esa cifra se había duplicado; a pesar de los millones de europeos que habían emigrado hacia las llamadas "zonas nuevas", como Australia y la Argentina. Los países de mayor industrialización registraron un mayor aumento de la población. Entre 1850 y 1890, Gran Bretaña pasó de 21 millones a 33; Alemania de 34 a casi 50; Bélgica de 4 a 6. En cambio, en los países con menor desarrollo industrial, el aumento demográfico fue menor. Francia pasó de 36 a 38 millones y España, de 15,7 a 17,6.



LA SEGUNDA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL



Hacia la década del 60, una palabra hasta entonces poco empleada comenzó a difundirse en el vocabulario económico y político de la época: capitalismo. Para la consolidación del capitalismo industrial, fue muy importante la alianza del mundo industrial con el financiero. Los capitalistas industriales necesitaban recursos económicos para instalar nuevas empresas, líneas ferroviarias o construir buques. Los dueños de las fábricas y los constructores de trenes y barcos debían recurrir a los banqueros para poder concretar sus negocios. Los financistas fueron haciéndose imprescindibles y dominaron el mercado, al que le dieron un nuevo impulso. A partir de 1870, comenzaron a producirse una serie de cambios en la industria, tan importantes, que la mayoría de los historiadores hablan de una segunda revolución industrial. A diferencia de la primera, esta segunda revolución fue el resultado de la unión entre la ciencia, la técnica y el capital financiero. Así como en la primera, el elemento determinante fue el vapor; en la segunda, una serie de inventos marcaron su desarrollo. La electricidad, empleada desde mediados de siglo en el telégrafo, pudo ser usada en la producción. En 1867, Werner Siemens aplicó el dínamo un aparato que permitía producir electricidad a la industria. En 1879, Thomas Alva Edison fabrica la primera lámpara eléctrica y la transformó en un producto industrial de su propia fábrica: la Edison Company, conocida después como Gen ral Electric Company, la primera empresa mundial de electricidad. El petróleo y sus derivados fueron los comhustibles de esta Segunda Revolución Industrial y el acero, la materia prima. Un ejemplo del auge del acero fue la construcción en París del edificio más alto de la época: la torre Eiffel en ocasión de la Feria Universal de París de 1889, durante los festejos del centenario de la Revolución Francesa. Las industrias siderurgias y de hierro demandaban todo tipo de metales, lo que dinamizó la minería.



LOS TRUSTS
Los grandes capitales financieros estaban concentrados en pocas manos y esta tendencia se extendió a la industria. Así, comenzaron a formarse los trusts (agrupación de empresas). Su objetivo era controlar todo un sector de la economía, constituyendo verdaderos monopolios (ver Vocabulario), lo que sometía al consumidor a aceptar las reglas y los precios de esa empresa. La meta era aumentar las ganancias dominando el mercado y eliminando la competencia. Esto iba en contra de los postulados básicos del liberalismo, en los que se decía que la competencia era la clave para la regularización de los precios y para mejorar la calidad. Los trusts tendieron a monopolizar la producción y la comercialización de un determinado producto en una ciudad, un país o en varios países a la vez.
Fueron muy comunes en los Estados Unidos. Allí el más importante fue el que formó David Rockefeller con su empresa Standarld Oil Company de Ohio que controlaba el 90% de la producción y comercialización del petróleo en ese país en 1880.
TAYLORISMO Y FORDISMO
Los dueños de las fÁibricas buscaban la manera de bajar sus costos y aumentar las ganancias, y encontraron en las ideas del ingeniero estadounidense Frederick Taylor una ayuda invalorable. Algunos llamaron a este método "organización científica del trabajo" y otros, simplemente taylorismo.El método de Taylor consistía en calcular el tiempo promedio para producir un determinado producto o una parte de él y obligar al obrero a acelerar el ritmo de trabajo asimilándolo a una máquina.
Esto se lograba a través de tres métodos fundamentales: 1) aislando a cada trabajador del resto de sus compañeros bajo el estricto control del personal directivo de la empresa, que le indicaba qué tenía que hacer y en cuanto tiempo; 2) haciendo que cada trabajador produjera una parte del producto, perdiendo la idea de totalidad y automatizando su trabajo y por último, 3) pagando distintos salarios a cada obrero de acuerdo con la cantidad de piezas producidas o con su rendimiento laboral. Esto fomentaba la competencia entre los propios compañeros y aceleraba, aun más, los ritmos de producción.
La máquina establecía la intensidad del trabajo y, a su vez, cada obrero requería saber menos, pues para realizar una tarea mecánica y rutinaria (ajustar un tornillo, por ejemplo), lo único que necesitaba saber era obedecer. De esa forma, el empresario ya no dependía ni de la buena voluntad del trabajador para realizar su tarea eficazmente (la máquina le marcaba el ritmo) ni de sus conocimientos. El obrero era, según Taylor, un buen "gorila amaestrado" que hacía lo que otro había pensado y, al mismo tiempo siguiendo el esquema de Adam Smith, producía más en menos tiempo, pues reducía el costo y aumentaba la ganancia
Una de las primeras empresas que aplicó los métodos de Taylor fue la Ford Motors Company, de Detroit. Allí se puso en práctica la "cadena de montaje", una cinta transportadora que movía las piezas para que los obreros trabajaran sobre ellas en un tiempo determinado y en una actividad. Al final de la cadena el auto quedaba terminado. A este novedoso modo de producir se lo llamó: fordismo.

OTROS CONCEPTOS DE CAPITALISMO: DESARROLLO HISTÓRICO


Capitalismo, sistema económico en el que los individuos privados y las empresas de negocios llevan a cabo la producción y el intercambio de bienes y servicios mediante complejas transacciones en las que intervienen los precios y los mercados. Aunque tiene sus orígenes en la antigüedad, el desarrollo del capitalismo es un fenómeno europeo; fue evolucionando en distintas etapas, hasta considerarse establecido en la segunda mitad del siglo XIX. Desde Europa, y en concreto desde Inglaterra, el sistema capitalista se fue extendiendo a todo el mundo, siendo el sistema socioeconómico casi exclusivo en el ámbito mundial hasta el estallido de la I Guerra Mundial, tras la cual se estableció un nuevo sistema socioeconómico, el comunismo, que se convirtió en el opuesto al capitalista.
El término kapitalism fue acuñado a mediados del siglo XIX por el economista alemán Karl Marx. Otras expresiones sinónimas de capitalismo son sistema de libre empresa y economía de mercado, que se utilizan para referirse a aquellos sistemas socioeconómicos no comunistas. Algunas veces se utiliza el término economía mixta para describir el sistema capitalista con intervención del sector público que predomina en casi todas las economías de los países industrializados.
Se puede decir que, de existir un fundador del sistema capitalista, éste es el filósofo escocés Adam Smith, que fue el primero en describir los principios económicos básicos que definen al capitalismo. En su obra clásica Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (1776), Smith intentó demostrar que era posible buscar la ganancia personal de forma que no sólo se pudiera alcanzar el objetivo individual sino también la mejora de la sociedad. Los intereses sociales radican en lograr el máximo nivel de producción de los bienes que la gente desea poseer. Con una frase que se ha hecho famosa, Smith decía que la combinación del interés personal, la propiedad y la competencia entre vendedores en el mercado llevaría a los productores, "gracias a una mano invisible", a alcanzar un objetivo que no habían buscado de manera consciente: el bienestar de la sociedad.
Características del capitalismo
A lo largo de su historia, pero sobre todo durante su auge en la segunda mitad del siglo XIX, el capitalismo tuvo una serie de características básicas. En primer lugar, los medios de producción —tierra y capital— son de propiedad privada. En este contexto el capital se refiere a los edificios, la maquinaria y otras herramientas utilizadas para producir bienes y servicios destinados al consumo. En segundo lugar, la actividad económica aparece organizada y coordinada por la interacción entre compradores y vendedores (o productores) que se produce en los mercados. En tercer lugar, tanto los propietarios de la tierra y el capital como los trabajadores, son libres y buscan maximizar su bienestar, por lo que intentan sacar el mayor partido posible de sus recursos y del trabajo que utilizan para producir; los consumidores pueden gastar como y cuando quieran sus ingresos para obtener la mayor satisfacción posible. Este principio, que se denomina soberanía del consumidor, refleja que, en un sistema capitalista, los productores se verán obligados, debido a la competencia, a utilizar sus recursos de forma que puedan satisfacer la demanda de los consumidores; el interés personal y la búsqueda de beneficios les lleva a seguir esta estrategia. En cuarto lugar, bajo el sistema capitalista el control del sector privado por parte del sector público debe ser mínimo; se considera que si existe competencia, la actividad económica se controlará a sí misma; la actividad del gobierno sólo es necesaria para gestionar la defensa nacional, hacer respetar la propiedad privada y garantizar el cumplimiento de los contratos. Esta visión decimonónica del papel del Estado en el sistema capitalista ha cambiado mucho durante el siglo XX.
Orígenes
Tanto los mercaderes como el comercio existen desde que existe la civilización, pero el capitalismo como sistema económico no apareció hasta el siglo XIII en Europa sustituyendo al feudalismo. Según Adam Smith, los seres humanos siempre han tenido una fuerte tendencia a "realizar trueques, cambios e intercambios de unas cosas por otras". Este impulso natural hacia el comercio y el intercambio fue acentuado y fomentado por las Cruzadas que se organizaron en Europa occidental desde el siglo XI hasta el siglo XIII. Las grandes travesías y expediciones de los siglos XV y XVI reforzaron estas tendencias y fomentaron el comercio, sobre todo tras el descubrimiento del Nuevo Mundo y la entrada en Europa de ingentes cantidades de metales preciosos provenientes de aquellas tierras. El orden económico resultante de estos acontecimientos fue un sistema en el que predominaba lo comercial o mercantil, es decir, cuyo objetivo principal consistía en intercambiar bienes y no en producirlos. La importancia de la producción no se hizo patente hasta la Revolución industrial que tuvo lugar en el siglo XIX.
Sin embargo, ya antes del inicio de la industrialización había aparecido una de las figuras más características del capitalismo, el empresario, que es, según Schumpeter, el individuo que asume riesgos económicos. Un elemento clave del capitalismo es la iniciación de una actividad con el fin de obtener beneficios en el futuro; puesto que éste es desconocido, tanto la posibilidad de obtener ganancias como el riesgo de incurrir en pérdidas son dos resultados posibles, por lo que el papel del empresario consiste en asumir el riesgo de tener pérdidas.
El camino hacia el capitalismo a partir del siglo XIII fue allanado gracias a la filosofía del renacimiento y de la Reforma. Estos movimientos cambiaron de forma drástica la sociedad, facilitando la aparición de los modernos Estados nacionales que proporcionaron las condiciones necesarias para el crecimiento y desarrollo del capitalismo. Este crecimiento fue posible gracias a la acumulación del excedente económico que generaba el empresario privado y a la reinversión de este excedente para generar mayor crecimiento.
Mercantilismo
Desde el siglo XV hasta el siglo XVIII, cuando aparecieron los modernos Estados nacionales, el capitalismo no sólo tenía una faceta comercial, sino que también dio lugar a una nueva forma de comerciar, denominada mercantilismo. Esta línea de pensamiento económico, este nuevo capitalismo, alcanzó su máximo desarrollo en Inglaterra y Francia.
El sistema mercantilista se basaba en la propiedad privada y en la utilización de los mercados como forma de organizar la actividad económica. A diferencia del capitalismo de Adam Smith, el objetivo fundamental del mercantilismo consistía en maximizar el interés del Estado soberano, y no el de los propietarios de los recursos económicos fortaleciendo así la estructura del naciente Estado nacional. Con este fin, el gobierno ejercía un control de la producción, del comercio y del consumo.
La principal característica del mercantilismo era la preocupación por acumular riqueza nacional, materializándose ésta en las reservas de oro y plata que tuviera un Estado. Dado que los países no tenían grandes reservas naturales de estos metales preciosos, la única forma de acumularlos era a través del comercio. Esto suponía favorecer una balanza comercial positiva o, lo que es lo mismo, que las exportaciones superaran en volumen y valor a las importaciones, ya que los pagos internacionales se realizaban con oro y plata. Los Estados mercantilistas intentaban mantener salarios bajos para desincentivar las importaciones, fomentar las exportaciones y aumentar la entrada de oro.
Más tarde, algunos teóricos de la economía como David Hume comprendieron que la riqueza de una nación no se asentaba en la cantidad de metales preciosos que tuviese almacenada, sino en su capacidad productiva. Se dieron cuenta que la entrada de oro y plata elevaría el nivel de actividad económica, lo que permitiría a los Estados aumentar su recaudación impositiva, pero también supondría un aumento del dinero en circulación, y por tanto mayor inflación, lo que reduciría su capacidad exportadora y haría más baratas las importaciones por lo que, al final del proceso, saldrían metales preciosos del país. Sin embargo, pocos gobiernos mercantilistas comprendieron la importancia de este mecanismo.
Inicios del capitalismo moderno
Dos acontecimientos propiciaron la aparición del capitalismo moderno; los dos se produjeron durante la segunda mitad del siglo XVIII. El primero fue la aparición en Francia de los fisiócratas desde mediados de este siglo; el segundo fue la publicación de las ideas de Adam Smith sobre la teoría y práctica del mercantilismo.
Los fisiócratas
El término fisiocracia se aplica a una escuela de pensamiento económico que sugería que en economía existía un orden natural que no requiere la intervención del Estado para mejorar las condiciones de vida de las personas. La figura más destacada de la fisiocracia fue el economista francés François Quesnay, que definió los principios básicos de esta escuela de pensamiento en Le Tableau économique (1758), un diagrama en el que explicaba los flujos de dinero y de bienes que constituyen el núcleo básico de una economía. Simplificando, los fisiócratas pensaban que estos flujos eran circulares y se retroalimentaban. Sin embargo la idea más importante de los fisiócratas era su división de la sociedad en tres clases: una clase productiva formada por los agricultores, los pescadores y los mineros, que constituían el 50% de la población; la clase propietaria, o clase estéril, formada por los terratenientes, que representaban la cuarta parte, y los artesanos, que constituían el resto.
La importancia del Tableau de Quesnay radicaba en su idea de que sólo la clase agrícola era capaz de producir un excedente económico, o producto neto. El Estado podía utilizar este excedente para aumentar el flujo de bienes y de dinero o podía cobrar impuestos para financiar sus gastos. El resto de las actividades, como las manufacturas, eran consideradas estériles porque no creaban riqueza sino que sólo transformaban los productos de la clase productiva. (El confucionismo ortodoxo chino tenía principios parecidos a estas ideas). Este principio fisiocrático era contrario a las ideas mercantilistas. Si la industria no crea riqueza, es inútil que el Estado intente aumentar la riqueza de la sociedad dirigiendo y regulando la actividad económica.
La doctrina de Adam Smith
Las ideas de Adam Smith no sólo fueron un tratado sistemático de economía; fueron un ataque frontal a la doctrina mercantilista. Al igual que los fisiócratas, Smith intentaba demostrar la existencia de un orden económico natural, que funcionaría con más eficacia cuanto menos interviniese el Estado. Sin embargo, a diferencia de aquéllos, Smith no pensaba que la industria no fuera productiva, o que el sector agrícola era el único capaz de crear un excedente económico; por el contrario, consideraba que la división del trabajo y la ampliación de los mercados abrían posibilidades ilimitadas para que la sociedad aumentara su riqueza y su bienestar mediante la producción especializada y el comercio entre las naciones.
Así pues, tanto los fisiócratas como Smith ayudaron a extender las ideas de que los poderes económicos de los Estados debían ser reducidos y de que existía un orden natural aplicable a la economía. Sin embargo fue Smith más que los fisiócratas, quien abrió el camino de la industrialización y de la aparición del capitalismo moderno en el siglo XIX.
La industrialización
Las ideas de Smith y de los fisiócratas crearon la base ideológica e intelectual que favoreció el inicio de la Revolución industrial, término que sintetiza las transformaciones económicas y sociales que se produjeron durante el siglo XIX. Se considera que el origen de estos cambios se produjo a finales del siglo XVIII en Gran Bretaña.
La característica fundamental del proceso de industrialización fue la introducción de la mecánica y de las máquinas de vapor para reemplazar la tracción animal y humana en la producción de bienes y servicios; esta mecanización del proceso productivo supuso una serie de cambios fundamentales: el proceso de producción se fue especializando y concentrando en grandes centros denominados fábricas; los artesanos y las pequeñas tiendas del siglo XVIII no desaparecieron pero fueron relegados como actividades marginales; surgió una nueva clase trabajadora que no era propietaria de los medios de producción por lo que ofrecían trabajo a cambio de un salario monetario; la aplicación de máquinas de vapor al proceso productivo provocó un espectacular aumento de la producción con menos costes. La consecuencia última fue el aumento del nivel de vida en todos los países en los que se produjo este proceso a lo largo del siglo XIX.
El desarrollo del capitalismo industrial tuvo importantes costes sociales. Al principio, la industrialización se caracterizó por las inhumanas condiciones de trabajo de la clase trabajadora. La explotación infantil, las jornadas laborales de 16 y 18 horas, y la insalubridad y peligrosidad de las fábricas eran circunstancias comunes. Estas condiciones llevaron a que surgieran numerosos críticos del sistema que defendían distintos sistemas de propiedad comunitaria o socializado; son los llamados socialistas utópicos. Sin embargo, el primero en desarrollar una teoría coherente fue Karl Marx, que pasó la mayor parte de su vida en Inglaterra, país precursor del proceso de industrialización, y autor de Das Kapital (El capital, 3 volúmenes, 1867-1894). La obra de Marx, base intelectual de los sistemas comunistas que predominaron en la antigua Unión Soviética, atacaba el principio fundamental del capitalismo: la propiedad privada de los medios de producción. Marx pensaba que la tierra y el capital debían pertenecer a la comunidad y que los productos del sistema debían distribuirse en función de las distintas necesidades.
Con el capitalismo aparecieron los ciclos económicos: periodos de expansión y prosperidad seguidos de recesiones y depresiones económicas que se caracterizan por la discriminación de la actividad productiva y el aumento del desempleo. Los economistas clásicos que siguieron las ideas de Adam Smith no podían explicar estos altibajos de la actividad económica y consideraban que era el precio inevitable que había que pagar por el progreso que permitía el desarrollo capitalista. Las críticas marxistas y las frecuentes depresiones económicas que se sucedían en los principales países capitalistas ayudaron a la creación de movimientos sindicales que luchaban para lograr aumentos salariales, disminución de la jornada laboral y mejores condiciones laborales.
A finales del siglo XIX, sobre todo en Estados Unidos, empezaron a aparecer grandes corporaciones de responsabilidad limitada que tenían un enorme poder financiero. La tendencia hacia el control corporativo del proceso productivo llevó a la creación de acuerdos entre empresas, monopolios o trusts que permitían el control de toda una industria. Las restricciones al comercio que suponían estas asociaciones entre grandes corporaciones provocó la aparición, por primera vez en Estados Unidos, y más tarde en todos los demás países capitalistas, de una legislación antitrusts, que intentaba impedir la formación de trusts que formalizaran monopolios e impidieran la competencia en las industrias y en el comercio. Las leyes antitrusts no consiguieron restablecer la competencia perfecta caracterizada por muchos pequeños productores con la que soñaba Adam Smith, pero impidió la creación de grandes monopolios que limitaran el libre comercio.
A pesar de estas dificultades iniciales, el capitalismo siguió creciendo y prosperando casi sin restricciones a lo largo del siglo XIX. Logró hacerlo así porque demostró una enorme capacidad para crear riqueza y para mejorar el nivel de vida de casi toda la población. A finales del siglo XIX, el capitalismo era el principal sistema socioeconómico mundial.
El capitalismo en el siglo XX
Durante casi todo el siglo XX, el capitalismo ha tenido que hacer frente a numerosas guerras, revoluciones y depresiones económicas. La I Guerra Mundial provocó el estallido de la revolución en Rusia. La guerra también fomentó el nacionalsocialismo en Alemania, una perversa combinación de capitalismo y socialismo de Estado, reunidos en un régimen cuya violencia y ansias de expansión provocaron un segundo conflicto bélico a escala mundial. A finales de la II Guerra Mundial, los sistemas económicos comunistas se extendieron por China y por toda Europa oriental. Sin embargo, al finalizar la Guerra fría, a finales de la década de 1980, los países del bloque soviético empezaron a adoptar sistemas de libre mercado, aunque con resultados ambiguos. China es el único gran país que sigue teniendo un régimen marxista, aunque se empezaron a desarrollar medidas de liberalización y a abrir algunos mercados a la competencia exterior. Muchos países en vías de desarrollo, con tendencias marxistas cuando lograron su independencia, se tornan ahora hacia sistemas económicos más o menos capitalistas, en búsqueda de soluciones para sus problemas económicos.
En las democracias industrializadas de Europa y Estados Unidos, la mayor prueba que tuvo que superar el capitalismo se produjo a partir de la década de 1930. La Gran Depresión fue, sin duda, la más dura crisis a la que se enfrentó el capitalismo desde sus inicios en el siglo XVIII. Sin embargo, y a pesar de las predicciones de Marx, los países capitalistas no se vieron envueltos en grandes revoluciones. Por el contrario, al superar el desafío que representó esta crisis, el sistema capitalista mostró una enorme capacidad de adaptación y de supervivencia. No obstante, a partir de ella, los gobiernos democráticos empezaron a intervenir en sus economías para mitigar los inconvenientes y las injusticias que crea el capitalismo.
Así, en Estados Unidos el New Deal de Franklin D. Roosevelt reestructuró el sistema financiero para evitar que se repitiesen los movimientos especulativos que provocaron el crack de Wall Street en 1929. Se emprendieron acciones para fomentar la negociación colectiva y crear movimientos sociales de trabajadores que dificultaran la concentración del poder económico en unas pocas grandes corporaciones industriales. El desarrollo del Estado del bienestar se consiguió gracias al sistema de la Seguridad Social y a la creación del seguro de desempleo, que pretendían proteger a las personas de las ineficiencias económicas inherentes al sistema capitalista.
El acontecimiento más importante de la historia reciente del capitalismo fue la publicación de la obra de John Maynard Keynes, La teoría general del empleo, el interés y el dinero (1936). Al igual que las ideas de Adam Smith en el siglo XVIII, el pensamiento de Keynes modificó en lo más profundo las ideas capitalistas, creándose una nueva escuela de pensamiento económico denominada keynesianismo.
Keynes demostró que un gobierno puede utilizar su poder económico, su capacidad de gasto, sus impuestos y el control de la oferta monetaria para paliar, e incluso en ocasiones eliminar, el mayor inconveniente del capitalismo: los ciclos de expansión y depresión. Según Keynes, durante una depresión económica el gobierno debe aumentar el gasto público, aun a costa de incurrir en déficits presupuestarios, para compensar la caída del gasto privado. En una etapa de expansión económica, la reacción debe ser la contraria si la expansión está provocando movimientos especulativos e inflacionistas.
Previsiones de futuro
Durante los 25 años posteriores a la II Guerra Mundial, la combinación de las ideas keynesianas con el capitalismo generaron una enorme expansión económica. Todos los países capitalistas, también aquéllos que perdieron la guerra, lograron un crecimiento constante, con bajas tasas de inflación y crecientes niveles de vida. Sin embargo a principios de la década de 1960 la inflación y el desempleo empezaron a crecer en todas las economías capitalistas, en las que las fórmulas keynesianas habían dejado de funcionar. La menor oferta de energía y los crecientes costos de la misma (en especial del petróleo) fueron las principales causas de este cambio. Aparecieron nuevas demandas, como por ejemplo la exigencia de limitar la contaminación medioambiental, fomentar la igualdad de oportunidades y salarial para las mujeres y las minorías, y la exigencia de indemnizaciones por daños causados por productos en mal estado o por accidentes laborales. Al mismo tiempo el gasto en materia social de los gobiernos seguía creciendo, así como la mayor intervención de éstos en la economía.
Es necesario enmarcar esta situación en la perspectiva histórica del capitalismo, destacando su enorme versatilidad y flexibilidad. Los acontecimientos ocurridos en este siglo, sobre todo desde la Gran Depresión, muestran que el capitalismo de economía mixta o del Estado del bienestar ha logrado afianzarse en la economía, consiguiendo evitar que las grandes recesiones económicas puedan prolongarse y crear una crisis tan grave como la de la década de 1930. Esto ya es un gran logro y se ha podido alcanzar sin limitar las libertades personales ni las libertades políticas que caracterizan a una democracia.
La inflación de la década de 1970 se redujo a principios de la década de 1980, gracias a dos hechos importantes. En primer lugar, las políticas monetarias y fiscales restrictivas de 1981-1982 provocaron una fuerte recesión en Estados Unidos, Europa Occidental y el Sureste Asiático. El desempleo aumentó, pero la inflación se redujo. En segundo lugar, los precios de la energía cayeron al reducirse el consumo mundial de petróleo. Mediada la década, casi todos las economías occidentales se habían recuperado de la recesión. La reacción ante el keynesianismo se tradujo en un giro hacia políticas monetaristas con privatizaciones y otras medidas tendentes a reducir el tamaño del sector público. Las crisis bursátiles de 1987 marcaron el principio de un periodo de inestabilidad financiera. El crecimiento económico se ralentizó y muchos países en los que la deuda pública, la de las empresas y la de los individuos habían alcanzado niveles sin precedente, entraron en una profunda crisis con grandes tasas de desempleo a principios de la década de 1990. La recuperación empezó a mitad de esta década, aunque los niveles de desempleo siguen siendo elevados, pero se mantiene una política de cautela a la vista de los excesos de la década anterior.
El principal objetivo de los países capitalistas consiste en garantizar un alto nivel de empleo al tiempo que se pretende mantener la estabilidad de los precios. Es, sin duda, un objetivo muy ambicioso pero, a la vista de la flexibilidad del sistema capitalista, no sólo resulta razonable sino, también, asequible.

CONCEPTO DE CAPITALISMO: SUS LEYES Y PRINCIPIOS


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Se dice capitalismo al sistema económico basado en el capital (dinero, caudal, patrimonio) como elemento principal que permite la producción y la generación de riqueza.

Definición y características del capitalismo
Más de una vez hemos escuchados decir que vivimos en un mundo capitalista, gobernado por individuos que sólo manifiestan interés por obtener ganancias dejando de lado los valores morales; pero:¿Es esta la definición capitalismo? Se cree que esta palabra es un término que engloba significados muy complejos y es por esto que sus estudios han demostrado diversas teorías como pensamientos al respecto. En este documento, mencionaremos las características principales del capitalismo, sus comienzos y su evolución como también los efectos que éste ha producto en las economías mundiales.
Características del capitalismo
La definición de capitalismo señala que éste es un sistema económico en donde los individuos privados y las empresas de negocios llevan a cabo la producción y el intercambio de bienes y servicios a través de complejas transacciones; decimos que son complejas porque en ellas intervienen los distintos precios y los mercados. Aunque el origen de este fenómeno data de la antigüedad; el capitalismo siempre se ha asociado a Europa, su evolución está constituida por diversas etapas hasta establecerse en la segunda mitad del siglo XIX.
El capitalismo comenzó en Inglaterra y se extendió hacia todo el mundo hasta que estalló la Primera Guerra Mundial, a partir de allí se estableció un nuevo sistema: el comunismo, lo que pasó a ser la contrapartida del capitalismo. A lo largo de su historia, pero principalmente durante su auge, esta forma de vida tuvo una serie de características básicas; lo primero que debemos destacar son los medios de producción (para ese entonces tierra y capital), éstos son de propiedad privada.
Debemos decir también que la actividad económica empieza a organizarse y a coordinarse por la interacción de los compradores y vendedores en los mercados; en tercer lugar tanto los propietarios de los recursos como los trabajadores son libres de buscar y maximizar su bienestar y es por eso, que a partir de del siglo XIX ambos tratan de sacar el mayor provecho de sus recursos y del trabajo que utilizan para producir.
La definición de capitalismo afirma que durante este período los consumidores pueden gastar como y cuando quieran la totalidad de sus ingresos y así obtener la mayor satisfacción posible. Así es como nace lo que se denomina como “soberanía del consumidor”, en donde se refleja un sistema capitalista el cual afirma que los productores se ven obligados a utilizar sus recursos de forma que satisfagan la demanda de los consumidores. Otra característica de este sistema se basa en que el control del sector privado por parte del sector público es mínimo ya que se tiene la teoría que la actividad económica se controla por sí misma y el gobierno sólo debe gestionar la defensa nacional y garantizar el cumplimiento de los contratos establecidos.
El capitalismo en el siglo XX
La definición de capitalismo afirma que este movimiento tuvo que afrontar numerosos cambios como crisis, las revoluciones y depresiones económicas provocaron diferentes reacciones en los individuos como en los sistemas económicos. En las democracias industrializadas de Europa y Estados Unidos, la mayor prueba que tuvo que superar el capitalismo tuvo lugar a partir de 1930, más precisamente con la caída de Wall Street lo cual provocó una profunda depresión en el país americano. De todas formas este sistema económico se mostró lo suficientemente fuerte para superar la situación; no obstante, los gobiernos democráticos empezaron a intervenir en las economías para poder solucionar los inconvenientes y las injusticias que este concepto creaba. Aunque la definición de capitalismo aseguraba que los estados debían permanecer al margen de toda actividad económica, Keynes demostró que éstos podían utilizar su poder económico, sus impuestos, su capacidad de gastos y el control de la oferta minoritaria para controlar cualquier tipo de sistema. De acuerdo a este pensador, durante una depresión económica el estado debe aumentar el gasto público, aún a costa de caer en un déficit presupuestario, y así compensar la caída del gasto privado. Durante los 25 años que sucedieron a la Segunda Guerra Mundial, estas teorías combinadas con el capitalismo generaron una gran expansión económica; todos los países con este modelo lograron un crecimiento constante con bajas tasa de inflación y crecientes niveles de vida.